Una madrugada de julio ardieron tres coches en la Puentecilla. Al capullo pirómano, que además era tonto, lo pillaron al día siguiente vistiendo la sudadera que robó en uno de ellos. La propia policía nos aconsejó denunciar pues trabajaba, no era un desgarramantas insolvente. Tras aportar cien papeles y cita para el juicio ¡cuatro años después! al final el tipo salió sin castigo de los juzgados, silbando feliz. Cualquier ciudadano podría contar casos así y más graves de la justicia que tenemos, por abajo. Y si así sentencian en primera instancia, única medio fiable, ¿qué esperar de las siguientes, menos intachables cuanto más altas?
Todo de aquí en adelante, presuntamente. Si los jueces pueden fumarse aquellas máximas sagradas «in dubio pro reo» o «iudex iudicat secundum allegata et probata partium…» etc. y juzgar sólo con suposiciones o empapelar a un tipo «por su entorno», ¿no podemos hacer lo mismo? Pues bien, nuestra percepción sobre ellos es esta: la separación de poderes es una milonga. Los altos jueces legislan, o lo intentan. Quitan y ponen gobiernos, o lo intentan. La justicia es una anomalía. Se diría que lo de menos es ya su función de juzgar; que quienes sentencian son la Uco/Udef y algunos medios y un partido político que, incapaz de formar gobierno, decidió que le despejen el camino los tribunales y agilicen su llegada al poder. Finaliza una legislatura marcada por el gobierno paralelo de los jueces, que han querido inmiscuirse en el ejecutivo y en el parlamento, en tareas que no les corresponden. Pasos habituales: la derecha política elige pieza, Uco/Udef elaboran un informe y montan un caso desde los indicios que les convienen, la derecha judicial decide que sí hay caso y el tipo, el que sea, está ya tocado, sino hundido. Una dinámica demencial, aunque viendo a Peinado (se jubila con 300 casos sin resolver pero persiguiendo como perro de presa a la mujer del Presidente) igual hay que dejar que se pasen de frenada: empezamos a estar más hartos de los jueces que de los políticos.
Recordemos el que pueda hacer que haga; y el control de la Sala segunda desde atrás; y al funcionario público que trata de defender al Estado y es ejecutado por la derecha togada con pruebas ridículas, sólo por conjeturas; y la insólita manifestación de jueces y fiscales contra el Gobierno; y la lentitud y desidia -algunos ni cumplen un mínimo horario laboral- en juzgados repletos de causas pendientes que agilizan sólo las que interesan (ejemplo, revisión exprés de las sentencias afectadas por la ley del sí es sí). Recordemos a olayas o castellones o llarenas, a jueces peinados o despeinados… y recordemos el desequilibrio: sólo un diez por ciento de los jueces en altos cargos u órganos colegiados son progresistas, porque el sistema de acceso está viciado. Se dice que la justicia es ciega; habría que añadir… ¡y coja! Sabemos de qué pie cojea. La alta justicia es impartida por Miguel Ángel `palante´. Todo lo dicho hasta aquí, presuntamente.
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