Javier Cuesta

El ciclo de la vida

27/09/2026
 Actualizado a 27/09/2026
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Ocurrencia vista en Redes: naces, salvo Adán; creces, salvo Torrebruno; te reproduces, salvo Vaquerizo; y mueres, salvo Jordi Hurtado. O algo parecido. Naces, creces… mucho simplificar, desarrollemos esos cuatro verbos, esa frase corta, tan repetida, casi publicitaria.

De inicio, no naces, te nacen más bien. En un cierto momento abres los ojos y ves y lees y estudias; te ponen a estudiar, más bien. Ahí, en algún instante más/menos precoz descubres el pavo, la pava, la tontería, los naipes, el alcohol, los psicotrópicos y el sexo, el tuyo y el otro. Sexo que, en una edad más/menos tardía, suele desembocar en pareja, familia y hogar (no son sinónimos). Y entonces sí, te reproduces si quieres, si puedes (MAR: sólo si te duchas poscoito) si te responden los espermatozoides y la economía doméstica y el mercado inmobiliario. 

Mientras tanto, y si tienes mucha suerte, trabajas. En términos cuantitativos es la actividad por excelencia, el periodo más duradero para los pobres mortales, que cada vez se alarga más: a poco que te descuides puedes estar hasta los setenta agachando el lomo si llegas entero, sano, vivo. O hasta los ochenta si eres juez y quieres seguir haciendo daño. Quizá no produzcas demasiado a lo largo de tu trayectoria laboral –o te la pases en absentismo total, según Feijóo y Garamendi– pero te recompensarán por ello con algunos euros, un puñado cada mes, exiguo montón que tu dividirás en montoncitos para cuotas de coche y casa, luz, teléfono, gasolina, ropas, ocio, viajes, alimentos –y chuches con IVA, según M punto– y apenas unas calderillas destinadas a café y/o cerveza. Y adiós montón, el Señor nos lo da, el Señor nos lo quita. Sin olvidar dos calculadas extras para que dilapides en futilidades navideñas o en la calentura del turisteo estival. Así es la vida activa, amigo. Es el mercado, el sistema, la trampa.

Por fin –y si tienes suerte antes de palmar– te jubilas, te retiras se decía, te retiran en realidad. Aunque bien pensado tal vez sea cuando comiences a producir realmente, pues ejerces de avalista de hijos, cuidador de nietos y consumidor fijo discontinuo en viajes organizados. Llenas hoteles en enero en Benidorm, porque hay que activar el turismo en meses flojos y jugar a las cartas y bailar por la noche –ya sólo bailar– el polvorete; te llevan a ver –a mirar, al menos– las luces de Vigo; estás incluido en el Club de los 60 y otros programas alternativos de mayores; visitas museos en grupo y en bermudas; o muestras tus impúdicas canillas por empedradas calles de las Alpujarras. Formas parte, en suma, de la –temible– vejez conocida sutilmente como –rentable– tercera edad. De nuevo, es el mercado, amigo. Así es la vida de las clases pasivas. «Tienes sesenta y cuatro años. (…) Te preguntas: ¿cuántas mañanas quedan? Se ha cerrado una puerta. Otra se ha abierto. Has entrado en el invierno de tu vida» (Auster, Diario de invierno). Vejez/invierno; estereotipos aparte, así es la vida, amigo; así es la muerte, amigo.

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