En sus ‘Notas de andar y ver’ (dentro de El espectador), José Ortega y Gasset, en su paso por León camino de Asturias, plasma unas observaciones certeras sobre el paisaje leonés, tendríamos que precisar: sobre determinado paisaje leonés, digamos que específicamente del de ribera, que también, en este caso, abarcaría al páramo.
Indica Ortega que «León es la ciudad de los chopos, del árbol fiel a toda la meseta, árbol leonés y castellano. Dondequiera se encuentran sus fustes gentiles acompañando un rato la carretera solitaria, agrupándose en torno a un manantial que las palomas frecuentan. Altos, esbeltos, sacudidos de hoja, algunos como altísimas banderas enrolladas. Es el galgo de los árboles. ¿Chopo, galgo?»
Recuerdo cómo, en mis primeros contactos con León, a finales de los años setenta, una de mis impresiones más hondas fue la de encontrarme con los chopos de la Candamia, cuando aún era, de verdad, ribera de río, ribera de Torío, y no parque recreativo, para lo que hubo que eliminar todo el vergel ribereño, en el que los chopos sobresalían siempre, los chopos autóctonos, de un verde severo y sobrio, tendente a un tono que inicia su andadura hacia lo oscuro.
Encontrarse con los chopos y choperas es como hacerlo con un árbol ilusionante y marcado por la magia, por una andadura ascensional que parece haberse encandilado con la línea vertical, que traza recogiendo sus ramas y pegándolas al tronco en lo posible.
Aún quedan, en el paisaje leonés, junto a los ríos y trazando sebes o marcando una corriente de agua, de presa o de reguero, dividiendo las demarcaciones de los prados o apareciendo en otros paisajes de meseta, no pocos chopos y choperas. Le dan un carácter sobrio y elevado (que nunca altivo) a la tierra, que, como patena, se ofrece a la aventura del cosmos (días, noches, soles, jornadas calurosas para secar la hierba, heladas, lluvias, nieves…). Es un tipo de belleza que marca el carácter de las gentes. Una cierta reciedumbre, esencialidad, parquedad y austeridad, a las que les sobra todo lo superfluo.
No es extraña la fascinación de los chopos. Al gallego Álvaro Cunqueiro, en su libro sobre el camino jacobeo, no le pasan desapercibidos, queda fascinado con ellos y habla de cómo son, en tierras leonesas, los chopos más hermosos del mundo; una hipérbole fruto, sin duda, del hechizo que le provocan.
Cuando contemplo la ribera del Esla desde la altura de Rueda del Almirante, toda sembrada de choperas para la explotación de la madera con nuevas técnicas, que no sé si han inventado los italianos, me entra mucha inquietud, pues, al parecer, con el cascajo que hay que echar al hacer el hoyo, para sostener cada chopo, la tierra termina esterilizándose.
Esos son otros chopos, con mucha menos magia, más industriales, con una claridad más artificial en sus hojas; son chopos trazados en geometrías que ocupan todo el espacio, para obtener beneficio.
Y estas sembraduras de chopos no autóctonos aparecen por no pocas riberas leonesas. Y cambian y modifican el paisaje para peor. Esperemos que la avaricia no rompa el saco.
Porque los chopos autóctonos, que ya habitan también y desde hace tiempo, en la literatura, parece que van como disminuyendo, como desapareciendo, debido a la inconsciencia de la labor humana, que no siempre es para bien.
Esperemos que sigan perviviendo. Ortega y Cunqueiro lo merecen. También las gentes leonesas que han vivido entre ellos.
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