No está le horno para villancicos, más que nada porque no conviene echar más leña al fuego, que de turrón y política están ya las mesas llenas estos días como para tentar a la suerte y acabar chamuscado en tiempo de nieve. Pero impera lo del ‘Chiquirritín Chiquirriquitín’ sobre todas las cosas y no valen excusas antelos miles de videos que te petan el teléfono en Nochebuena con felicitaciones repetitivas que recuperarás en una semana con un corta y pega similar. Como los villancicos, no es teoría lo del cuñado del Barça y el abuelo del Madrid en el encuentro familiar por excelencia. Y ese íntimoterreno de juego trasladado a un escenario de urnas y sobres se convierte casi en una conversación de esquizofrenia familiar. Es la imagen congelada de cada año con gorrito rojo y pompón blanco, a juego con el atrezzo del árbol de Navidad, enfundado en esas patológicas luces de epilepsia con las que se pretende rellenar de juegos lumínicos los pocos silencios que quedan en el salón de las hipótesis. Porque se empieza por el tiempo con el entremés y se va pasando a elucubrar con el marisco para acabar uno haciéndose un selffie al desnudo en el postre ante un argumentario contrario que despelleja y que después del champán suena a afrenta con duelo al amanecer. Y no aprendemos. Año nuevo, servilletas de papa Noel y el pavo que llega trinchado con bandera este año. No nos equivoquemos, la llevaba el pasado yno se la va a quitar el que viene. Pero ¿y si existiera la magia?
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