Nacho Barrio

Chico, ¿tienes fuego?

10/07/2026
 Actualizado a 10/07/2026
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El otro día me pidieron fuego al pasar por Campanillas. No recuerdo cuándo fue la última vez que alguien vino buscando lumbre. Seguramente sería de noche, en la puerta de algún garito, en una de esas curiosas ocasiones en las que el fumeque genera más ambiente fuera que dentro. Ya sabe usted que la primera década de este siglo dejó el humo fuera de los bares y muchos fumadores vivieron un exilio en el vicio. Los que nunca fumamos tampoco hemos echado de menos aquella fragancia para la que no había suficiente Dixán.

Pero más allá de lo vintage que resulta ya pedir fuego, lo que más me llamó la atención fue el cómo.

– Chico, ¿tienes fuego?

No llevaba mechero que ofrecer y me justifiqué diciendo que no fumaba en una reacción algo violenta, seguramente por la falta de costumbre. Ofrecí la cara de lelo tan involuntariamente entrenada y me quedé con una sensación extraña. Ni sé cuándo fue la última vez que alguien buscó mi atención llamándome ‘chico’. No hubo aviso ni rito iniciático que me encaminase a otra era. Simplemente un buen día dejé de serlo. 

La realidad es que en estos meses del calor chicos y chicas que todavía lo son entran en las redacciones para poner en práctica la densa teoría recibida en el invierno. Llegan con  nervios, la libreta a estrenar y con algo que acaba escaseando con los años: la posibilidad de afrontar algo nuevo del todo. De cada uno depende sacar partido a esas jornadas laborales, poder dejar una huella y conseguir que la puerta quede entreabierta cuando el calor se vuelva a despedir.  Tengo compañeros que se echan años al zurrón diciendo que los de prácticas ya no son lo que eran. Que a los de ahora les faltan ganas, que salen peor preparados de la universidad o que viven demasiado pendientes del móvil. Todas las generaciones han dicho algo parecido de la siguiente. La mía tampoco fue una excepción. La cabeza se me va inevitablemente a aquel verano de hace dieciocho años en el que aterricé en la nueva redacción del viejo Adelantado de Segovia. Llegué con vergüenza, bastante inconsciencia y una necesidad evidente de que alguien me pusiera algunos límites profesionales. Los encontré allí, no sin pensar que yo era más listo que ninguno. En el camino del verano tocó equivocarse. Mucho. Cubrir festejos populares sin haber dormido demasiado después de la verbena de rigor, preguntar al concejal de turno lo que probablemente no tocaba, intentar ligar grabadora en mano con pésimo resultado o volver convencido de haber escrito algo aceptable y ver que el redactor que se encargaba de tus prácticas iba cambiando contigo al menos dos líneas por párrafo. 

Y menos mal.

Con el tiempo uno descubre que aquellos errores eran también parte del aprendizaje. Que la poca vergüenza, cuando va acompañada de ganas de aprender, suele ser una compañera mejor que el miedo a meter la pata.

Quizá por eso me hizo más ilusión de la esperada que alguien me llamara «chico». Porque durante un instante recordé que yo también fui el que llegaba nuevo, el que pensaba que el reloj de la redacción avanzaba exageradamente lento y el que creía que un verano no podía cambiarle la vida. 

A todos los que empiezan ahora las prácticas les deseo precisamente eso: ganas, curiosidad y la suficiente poca vergüenza como para lanzarse sin red. Hay que aprovechar, que luego piensan que eres responsable y hasta te contratan. Y un día, casi sin darte cuenta, alguien volverá a llamarte ‘chico’. Te hará gracia y quizá hasta un poco de ilusión… Aunque sigas sin llevar mechero.

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