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Cheque sin fondo

14/02/2019
 Actualizado a 15/09/2019
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En Francia ahora quieren celebrar la mayoría de edad dando la bienvenida a la Cultura. Es la promesa electoral cumplida de Macron, el presidente con el que sueña ser Albert Rivera desde hace algunos años y quizá por eso de empezar por algo con regusto francés se trajo a España a Valls para intentar pinchar el suflé independentista en Barcelona. Resulta que Macron va a dar 500 euros a los jóvenes de 18 años para gastar en Cultura. Solo en Cultura y solo durante ese año mágico que uno se cree ya adulto. La Cultura como rito iniciático, como bienvenida a la tribu más sofisticada y revolucionaria. No hay nada más conservador que la Cultura, ni tampoco nada más progresista.

Hay pocas cosas en la vida que no tienen edad ni contraindicaciones y esta es una de ellas. Por eso sería complicado ponerse de acuerdo en cuál es el momento ideal para zambullirse de lleno en los libros, las artes escénicas o los conciertos. Puede que los 18 años sea demasiado tarde para comenzar a experimentar con el hecho cultural para las generaciones que, según las estadísticas, llevan entonces unos cinco años experimentando con todo, hasta con aquello que se aprende tan solo por parejas. Imaginen que hasta los 18 no le hubieran dado un piano a Mozart.

La Cultura es un hábito que se aprende y recuerdo como mis padres desde muy pequeño me llevaban a museos en las vacaciones y de vez en cuando al teatro. Incluso a la Zarzuela. Lugares donde era complicado encontrar a otros niños y que cuando lo contabas en clase casi todos te miraban raro. No he dejado de volver, en cada ocasión con una mirada distinta. Pero es igual de cierto que todos llegamos a odiar alguno de los grandes clásicos de la literatura en el colegio o el instituto. No puede obligarse a cabalgar junto al Quijote, a urdir amoríos con La Celestina o hacer La Metamorfosis de Kafka a la edad inadecuada. De adulto se produce la feliz reconciliación, en la que comprendes que hay libros que solo pueden llegar con ciertas cosas vividas, aunque siempre se corre el riesgo de que ese reencuentro no se produzca jamás.

Aquí dimos cheques bebés sin saber luego qué hacer con los niños. En Francia proponen que en los colegios comulguen con la Cultura y que con este cheque se confirmen en la religión de la búsqueda de la belleza a través de las emociones. Al menos alguno quedará atrapado en la tela de araña. En el intento, la industria cultural se revitalizará con una bocanada casi imberbe de nuevo público al que tienen el reto de disponer de un año para seducir. Sigue Macron las enseñanzas del filósofo Zygmunt Bauman que aseguraba que «la Cultura de la modernidad líquida ya no tiene un populacho al que ilustrar o ennoblecer, sino clientes que seducir». Consumista, pero desgraciadamente cierto. Por el momento es un lanzamiento experimental, veremos si funciona. En Italia intentaron algo parecido y aparecieron los fraudes. Pero había matiz, en Italia son italianos. Surgió la mafia de la Cultura entre los jóvenes, el contrabando ilustrado, que quizá es lo mejor que podría suceder. Solo se trafica con lo que se desea. En España somos sobre todo españoles y no hay duda que un bono similar engendraría una nueva picaresca, la picaresca cultural. Y habría Lazarillos trileros con entradas para el teatro, varios Buscones que se llamarían Pablos para intercambiarse las descargas musicales y más de una pícara Justina dedicada al estraperlo de libros de romances.

Francia se va a gastar (mejo r dicho invertir) una millonada en Cultura, pero dijo Cortázar que «la Cultura es el ejercicio profundo de la identidad». A lo mejor también por eso se nos escurre España.
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