Nunca pensé que pudiera estar de acuerdo con el presidente Mañueco. Pero uno cumple años, pierde ingenuidades y gana certezas. Y en esta ocasión, debo admitirlo, tiene razón: aquí hay certezas.
La revelación no fue súbita: caminaba el viernes por León con uno de mis hijos, que entrena a niños al fútbol, y sabe ver la defensa rival mal colocada, y me señaló el cartel electoral, leyó el lema y, con media sonrisa y guiándome el ojo, me dijo: «Papá, te la están dejando botando». No era una invitación al remate, era un constatación; porque pocas palabras describen con mayor precisión la relación entre la Junta y León que esa, certezas.
Certeza es que la autovía Ponferrada-Villablino fue prometida hace décadas. Y certeza es que sigue habitando en el confortable limbo de las promesas. Siempre prometida, pero nunca asfaltada. Si las palabras pavimentaran, ya circularíamos por cuatro carriles.
Certeza es que la autovía León-Bragança continúa siendo más línea imaginaria que carretera: trazada con entusiasmo en el imaginario de lo que será, pero borrada con meticulosidad presupuestaria.
Certeza es que el parque agroalimentario del Bierzo fue anunciado con solemnidad institucional y hoy reposa en esa categoría tan nuestra de los proyectos eternamente preparatorios: ni cancelados, ni construidos, simplemente suspendidos en el tiempo.
Es certeza que las grandes infraestructuras que deberían vertebrar y dinamizar la provincia, avanzan con la cadencia de un reloj sin pilas: marcan la hora, pero no el tiempo. Y no hablamos de caprichos, hablamos
de arterias económicas: sin infraestructuras modernas no hay inversión; sin inversión no hay empleo; sin empleo no hay población; y sin población el debate deja de ser ideológico para convertirse en estadístico. Aquí la despoblación no es una hipótesis académica, es una persiana que baja, un aula que cierra, una consulta sin médico.
Certeza es que mientras otros territorios reciben impulso estratégico, León recibe paciencia estratégica. A unos se les acelera, a otros se les pide comprensión. El equilibrio territorial se proclama en discursos simétricos y se ejecuta con presupuestos asimétricos. Y así, sin ruido, el estancamiento se vuelve costumbre y la costumbre certeza.
En ese escenario aterrizan las nuevas promesas: trescientas cincuenta viviendas a edificar en siete localidades, anunciadas curiosamente en la sede de una constructora; tocamos a cincuenta en cada municipio. Bienvenidas sean para quienes accedan a ella; pero no confundamos la aritmética con la estrategia; ese número no cambia una tendencia demográfica; es una actuación que no sobrepasa la categoría de gesto cuya dimensión es insuficiente para alterar la tendencia estructural del mercado o de la población. No es una política transformadora. Es como pretender repoblar Omaña con una excursión del Imserso.
Se promete también compromiso sanitario, con la reforma del centro de salud de José Aguado como emblema. Y la memoria enumera otras promesas, cuya ausencia sigue siendo certeza: Oncología en el Bierzo, la remodelación de Urgencias en el Hospital de León, nuevas UCI para León y Ponferrada, el centro de salud de Villaquilambre, el de Sahagú… En la sanidad rural, además, la única certeza es la incertidumbre: hoy no hay consulta, mañana ya veremos.
Tampoco parece prudente presentar como hazaña la ampliación del parque tecnológico de León en 53 hectáreas hasta alcanzar las 85. El dato se exhibe como trofeo, pero los números, que son obstinadamente comparativos, contextualizan el entusiasmo: el parque tecnológico de Boecillo nació en 1992 con 110; el parque tecnológico de Burgos alcanzará las 124. Comparar no es desleal, es descriptivo. Y cuando se describe con cifras se advierte que la intensidad inversora también tiene coordenadas. También son certezas.
El problema no es prometer. La política vive de promesas. El problema es prometer sobre promesas incumplidas; levantar compromisos nuevos sobre cimientos antiguos que nunca llegaron a fraguar. Por eso resulta especialmente interesante la apelación al «contrato con la ciudadanía». Un contrato –lo sabe cualquier licenciado en Derecho, y el sr. Mañueco lo es– no es una declaración de intenciones, es un vínculo exigible. Y nuestro Código Civil, tan poco dado al eslogan, establece que responden de los daños quienes incurran en dolo, negligencia o morosidad; para añadir que la indemnización comprende no solo la pérdida sufrida sino la ganancia dejada de obtener. Quizá algún día alguien se anime a hacer la liquidación, y entonces pasará a ser deuda histórica contante y sonante. No solo de lo que León haya perdido sino de lo que ha dejado de ganar por cada autovía aplazada o por cada parque postergado, o por cada decisión desplazada hacia otras latitudes. Sería un ejercicio contable, y también moral.
Así que, sí, aquí hay certezas.
Bernardo L. García Angulo es abogado y miembro de la candidatura de UPL