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Cerraron sus ojos

31/10/2026
 Actualizado a 31/10/2026
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Aún impactados por el azote de la noticia, es inevitable conmoverse hoy, a las puertas de la noche de ánimas. Ya desprendidas todas las hojas del calendario del taco correspondientes al mes de octubre, rendidas con la ligereza de las hojas de otoño, que se precipitan, mecidas circularmente por el viento en caída libre. 

Antes de que se analice el contenido de las cajas negras, conocidas en el sector como registradoras de eventos ferroviarios, ya han comenzado investigaciones, elucubraciones, y, Dios no lo quiera, los réditos políticos. Que en precampaña no hay disputa pequeña y todo parece ser aprovechable. 

Los trenes cubrían el trayecto Madrid-Sevilla, pero es Toledo quien recibe los muertos, el dolor de las familias, la impotencia ante lo inesperado, la desolación de los que han perdido sin explicaciones, la angustia de tantas vidas cercenadas. Y es inevitable imaginar toda una conjunción de planos y matices, de posturas y reacciones que discrepan o se solapan. Miradas esquivas: políticos, economistas, pescadores de pecados que solo buscan venganza y que se amontonan a la puerta de la tragedia, a semejanza de ese cuadro que muestra el cielo abriéndose paso para penetrar en la tristeza de un duelo terrenal. Ese cuadro que precisamente yace en una iglesia de Toledo: el entierro del Conde Orgaz, pintado por el Greco. 

Y flota una esfera sobrenatural que planea sobre cada una de esas cabezas que se arremolinan en torno al desastre : voces que piden clemencia, voces que claman justicia, voces que lamentan a los que no volverán.

«Clamé al cielo, y no me oyó; y pues sus puertas me cierra, de mis pasos en la tierra responda el cielo, y no yo».¿Podremos exclamar esos versos pidiendo justicia al cielo como D Juan Tenorio?¿o quizá solo mirarlo para entonar una oración de esperanza contenida?

Es la tierra la que debe impartir justicia. Devolver los muertos no puede, porque ya se encuentran bajo ella los que dejaron sus vidas aprisionadas entre los vagones y hierros de un tren que los llevó a la muerte. Y al menos conocer los hechos para despejar tantas incógnitas que quedaron flotando a las puertas de la ciudad del Tajo. Y en medio de la desolación, el pueblo, la tribu solidaria que arrima el hombro. 

Palabras de silencio y llanto para tantas familias desconsoladas. Y unos versos de Bécquer, los de la rima LXXIII que lleva por título ‘Cerraron sus ojos’: «Dios mío, qué solos se quedan los muertos!! ¿Vuelve el polvo al polvo? ¿Vuela el alma al cielo? ¿Todo es sin espíritu podredumbre y cieno? No sé; pero hay algo que explicar no puedo, algo que repugna, aunque es fuerza hacerlo, ¡a dejar tan tristes, tan solos los muertos!».

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