Cerillas en la sombra

31/03/2026
 Actualizado a 31/03/2026
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Sí, está claro que funcionamos a la inversa y cuando lloramos porque se funde a negro nuestro paisaje, escondemos una cerilla en la otra mano, la que no nos sirve para abrazarnos a los demás, a la espera de que la normalidad resguarde nuestra segunda cara. Queda patente que no vamos todos a una, y que hay desgraciadas y desgraciados caminando en vías paralelas, sin verse, sin tocarse, pero sabiendo que están. Y si no es así, ¿cómo podemos volver a respirar humo cuando aún está caliente el cadáver de las cientos de hectáreas que nos pusieron en jaque, que se llevaron vidas, futuros, que sepultaron casas e incluso iglesias?

Ni el azar ni la mala suerte median en una tragedia que tiene autoría definida. No hay improperios que la definan, pero está, late y no se corta. Sale el sol y saca el mechero, como si le hubiera quedado una hoja por quemar. Como si le molestara cada hectárea de oxígeno que se ofrece al paisaje berciano como colchón de su bienestar.

El «hijoputismo» vive entre nosotros y aún no conseguimos darle caza. Ni con un «se busca» colgado en cada portal llegamos a la cerilla que espera su oportunidad sin dilación. Y lo peor es que el dedo sentenciador está en cada pueblo y en cada relato vecinal. Ponen cara, nombre, apellidos y hasta herederos a quien prende el monte. Pero se hace el silencio, aunque eso les haya obligado a dejar sus casas, les haya dado tardes de luto y mantenga veranos de temblores cuando el termómetro se dispara.

No conseguimos darle caza al «hijoputismo» de al lado. Y mientras la delincuencia corre por nuestras venas de ceniza intentando destrozar lo que queda, tampoco conseguimos verla venir. Entre el miedo y el llanto, pensar que está al acecho es enrocarse en el pesimismo de un devenir que creemos que rebasa todas las líneas rojas de maldad posibles. Pues las pasa, las supera y se da la vuelta para hacerlo de nuevo, con el papo en alto y una lujuria inquebrantable. Y vamos echando cuentas, poniendo peros: nos han abandonado, la inversión preventiva se ha hecho en la extintiva, y así solo pagamos entierros, no tratamientos médicos…

Al final, nada puede parar al que nos quema… solo nosotros, los que ardemos. Y ya es tiempo de saber lo que supone una llama en territorio quemado. En cada lágrima de agosto había un corazón en carne viva dentro de una mecha. Un llanto que no apaga un helicóptero porque va por dentro. Tan, tan dentro, que por fuera el «hijoputismo» sigue sumando hazañas. Lomba, Igüeña, mañana otros nombres… se preguntan hasta cuándo, hasta dónde. Se preguntan los porqués y no encuentran más respuesta que una manguera de urgencia para rescatarse. Siempre estamos rescatándonos, porque los malos siguen ahí, a la espera de que el sol les ilumine para ocultarles, como buena paradoja, bajo su manto de fuego.

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