Aún en precampaña, se perciben los temores y las tensiones. Nada está suficientemente claro, como, por otra parte, es lógico. Se dice que España es un país ideológicamente partido al cincuenta por ciento, pero no es del todo cierto. Existe una masa que circula en medio, sin adhesiones inquebrantables, que puede girar a izquierda o derecha, o, simplemente, no girar. Esto último es lo que de verdad temen los partidos de estado, o como se les llame ahora. ¿Se trata de una masa de electores centristas, huérfanos y solitarios, que navegan al desvío o incluso a contracorriente, esperando un rescate, o una mano amiga, o alguien que se acuerde de ellos?
Malos tiempos para el centrismo, sin embargo. Lo siento por Miriam González Durántez, que ha aterrizado en la política española como un platillo volante en plan reconocimiento del terreno. Pero no es una extraterrestre. Conocida por ser la mujer de Nick Clegg, político británico poco asociado al bipartidismo tradicional de su país, ella tiene también su energía propia, y sus ideas más o menos centristas, aunque en este oleaje patrio es probable que su intento se quede en algo simbólico. La he visto en algunas entrevistas (con Fortes, por ejemplo) y parecía alegre y encantada, sabiendo quizás que son estos momentos de tribulación social en buena parte de Europa. Lo inmediato es compararla con Ciudadanos, por no ir algo más atrás, pero ella, y es comprensible, se resiste a las comparaciones.
Los intentos de centrismo en los últimos años han sido varios en este país, justo cuando el terreno electoral no estaba receptivo. Y bueno, también porque ese centrismo no ha acabado actuando de verdad como tal. Se pensó que la derecha podía albergar en su seno ese centrismo del que un día presumió (Feijóo, el primero), pero con la presión de la ultraderecha las cosas han ido por otro lado. Lejos de mostrar moderación, lo que prima en la precampaña, y antes, es mostrar dureza, como si la mano dura pudiera recoger más frutos que la empatía. Tengo para mí que la mano dura suele ser un discurso del que emana cierta debilidad, cierto miedo a la verdadera libertad, y ya se ve cómo le ha ido a Trump con su mano dura: es probable que, en dos semanas, en las elecciones de medio mandato, recoja la justa cosecha del sindiós político que ha montado. La competición con la extrema derecha obliga quizás a estas cosas a la derecha tradicional, pero no es seguro que, llegado el caso, el electorado prefiera las imitaciones, ni los intentos de agradar a los potenciales compañeros de viaje, incluso antes de conocer los resultados del 29-N. Me temo que hay también un eco del autoritarismo que ahora mismo sacude el mundo. Latinoamérica ha sido volteada ideológicamente (con los fiascos de la izquierda, que también ha habido), hasta el punto de apostar por dirigentes cuyo ideario parece surrealista, algunos con cierta herencia del peor pasado. Puede que el trumpismo, ya fallido, decaiga mucho antes que esa atmósfera extrema que ha inspirado en los gobiernos latinos, con la notable excepción de México.
Por tanto, a pesar del aterrizaje de Miriam González, a la que se contempla como una rara avis, creo, como una excepción, en un paisaje tremendamente sacudido por tensiones telúricas, creo que el centrismo no va a desempeñar un gran papel en las elecciones de noviembre, porque no está el horno para estos bollos. Al contario, el moderantismo y el centro están siendo obviados, como digo, en aras de una buena pelea por los extremos. Pero sorpresas te da la vida, y nunca se sabe qué puede ocurrir. Tal vez Miriam González (que no se presentará más que en Madrid y Barcelona, o eso escucho) actúe en su día como bisagra, como posible apoyo de unos o de otros (¿de quiénes?), con la necesidad de escaños que existe en estos parlamentos tan fragmentados del presente. Creo que no está el terreno para estas siembras, ni hay excesivo margen de maniobra. Más bien, existe el temor de la dispersión de voto. Lo temen todos los partidos. ¿A quién benefician o perjudican los nuevos contendientes? Ya se verá. A día de hoy, los intentos de centrismo (o así) se habían esfumado, y la lucha por acabar con el bipartidismo nunca culminó, aunque ya no haya mayorías absolutas en ninguno de los dos lados de la balanza. Bueno, o eso parece.
La gran batalla electoral, por tanto, se sigue moviendo en los parámetros de los últimos tiempos, con Sánchez, dicen, en condiciones de disputar la victoria a pesar del annus horribilis, y no sólo por las encuestas de Tezanos. La tensión social será la única cosa capaz de mover el suelo y el cielo de noviembre. Si la ultraderecha está ofreciendo una campaña tranquila a Feijóo, con las predicciones favorables en la mano, Sánchez, en cambio, contempla expectante las inseguridades de los partidos a su izquierda. El ya famoso Frente Amplio ha terminado siendo lo más amplio que ha podido, pero la maniobra previa de Rufián y Podemos (y bueno, quizás alguna que otra cosa más) hizo imposible que existiera una papeleta unitaria, como se pretendía. Siempre se habla de la dispersión de la izquierda como uno de sus males persistentes, caracterizada por la ensalada de siglas y por el excesivo troceamiento de las opciones: ¿hace falta más generosidad? Sé que no todos esos partidos comparten exactamente el mismo ideario, pero sí comparten los aspectos más relevantes. Debería haber sido suficiente.
Podemos, se dice en las tertulias, parece dar por perdido el envite de noviembre para la izquierda (sólo son teorías, claro) y quizás prefiere asegurar sus puestos de salida en las grandes ciudades, con la esperanza de que Rufián levante el ánimo a muchos fuera de Cataluña, que finalmente fue su opción verdadera (y ha recibido críticas feroces por ello). El llamado Frente Amplio, en cambio, parece albergar alguna esperanza de remontar. Ha unido lo que ha podido, con ciertos acuerdos regionales interesantes, y luego ha pedido, lo hizo Colau, que se termine ya de una vez con los lamentos. Basta de lloriquear y de explicar el duelo. Si es que se trata de un duelo. He llegado a pensar que el Frente Amplio puede terminar siendo favorecido por esta circunstancia. Así que está por ver que su composición sea un fracaso. Y Sánchez, necesitado del apoyo de la izquierda a su izquierda, espera sin embargo que el voto útil, potenciado por toda esa desunión, acabe en sus arcas, si es que todo su electorado decide ir a votar.
La ola de descontento que recorre Europa (ahí está Francia: arde París), y las tensiones de la vivienda que han sucedido aquí al asunto del triste y simbólico desahucio de Maricarmen, podrían apuntalar las expectativas de Sánchez, cuya legislatura se ha apartado siempre de esas ideas más conservadoras de Europa. Su capacidad de negar a Trump y a sus acólitos le ha granjeado popularidad en muchos lugares, pero el escenario de parálisis parlamentaria y la ausencia de presupuestos le han llevado a convocar en medio del terreno abonado por el descontento que crece. Muchos aún no saben qué implica de verdad la revuelta estudiantil francesa. El asunto de la vivienda, la lucha por la educación pública, y no digamos el miedo a un cambio en el modelo de las pensiones, que ha agitado tanto los momentos iniciales de la batalla, serán los grandes temas en los que Sánchez confía para lograr esa remontada que hoy parece difícil.
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