Aún admitiendo que los vallisoletanos son más emprendedores que el resto de los castellanos y que los leoneses, que las empresas de Valladolid tienen más fácil su progresión por la abundancia de materias propias en esa provincia (aunque, ahora que lo pienso, ¿qué produce Valladolid que no produzcan Palencia o Burgos, pongo por caso?) y que el pintoresco alcalde de la ciudad del Pisuerga atrae con su sola personalidad inversiones a su municipio que otros alcaldes no logran por ser más sosos, llama mucho mi atención que los dos tercios del crecimiento del empleo en la autonomía se radiquen a la sombra de las instituciones que por su capacidad para promover inercias, o sinergias, que dicen los entendidos en esos temas, y que, como todos sabemos, están en Valladolid y en sus alrededores. O sea, que, como en la fábula de Samaniego, las moscas acuden a donde hay miel y no a donde los panales se están secando día tras día por su lejanía de aquél en el que viven la abeja reina y sus servidores.
Algún leonés con el síndrome de Valladolid (un síndrome que, como el de Estocolmo, ataca a algunas personas de las muchas que han tenido que emigrar a esa ciudad para poder tener un trabajo) me rebate con el argumento de que es normal que se cree empleo donde hay empresas ¿Pero se imagina alguien lo que pasaría en España si, no digo ya las dos terceras partes, la mitad sólo, del empleo creado en todo el país lo fuera en Madrid?
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