Los gatos tienen siete vidas y los políticos, también. Recuerdo cuando Pedro Sánchez resucitó de entre los muertos para consagrarse como un político de raza, capaz de sobreponerse a la incertidumbre de las cacerías. Antes de su llegada a Ferraz, la política era una trituradora de carne humana: en cuanto alguien caía por el despeñadero, se convertía de inmediato en pasto de la maquinaria cainita de los partidos. Hoy, gracias a él, la política ya no destruye; es más bien un limbo en el que los dirigentes se han vuelto inmunes al pecado, instalados en un estado catatónico donde ni sienten la euforia del cielo ni se queman en el fuego del infierno.
Antaño, cuando un político se codeaba con el apestado de turno, era apartado de inmediato: se consideraba contaminado por la misma afección que había podrido la vida pública del «paciente cero». Ahora, en cambio, se despliega una suerte de cordón sanitario que aísla al propio señalado para blindar al resto. Miren, si no, al que fuera presidente de la Diputación de Badajoz, Miguel Ángel Gallardo, proyectado como candidato en Extremadura estando imputado.
Por eso no deja de sorprenderme que alguien como Javier Cendón –honrado mientras no se demuestre lo contrario– siga vivito y coleando a pesar de su conocida y estrecha relación con Santos Cerdán, quien hoy purga sus culpas en un retiro de cartujo mientras pronuncia sus últimas palabras en un libro que poca gente ha leído. Ya lo dijo aquel: si quieres que en España nadie se entere de algo, escríbelo en un libro. Pero Cendón, claro está, prefiere que la gente escuche alto y claro lo que dice y hace; por eso aspira a ser diputado in aeternum. En otros tiempos, habría sido a él a quien le habrían leído la cartilla.
La degradación de nuestra clase política se manifiesta, en última instancia, en la perpetuación de quienes, habiendo compadreado con ciertos especímenes, siguen al pie del cañón disparando a sus rivales. Deberían ser ellos los eyectados como torpedos por las esclusas de la vida pública. Es normal que se sientan intocables y por encima del bien y del mal: se han convencido de que son el Yin y el Yang, capaces al mismo tiempo de lo peor y de lo mejor.
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