Estos días puede verse en redes un maravilloso vídeo, cuyo autor no conozco, compartido por la Oficina de Turismo de León, en Facebook. En él hay un cielo de vedijas amarillas, ocres y naranjas haciendo masa con el agua. Se diluyen los colores formando una pátina en la que ya no distingues qué azul es cielo y qué ocre es agua. Los lugareños sabemos el secreto. Ahí se mezclan el color del trigo y las cerezas con el verde de los campos, formando una estela de matices derramados en el embalse. Ese baile de silencios y colores viene de los pueblos que un día aparecían en un mapa, antes de que su valle fuese entregado en sacrificio. Desde entonces, el tiempo se detuvo y hasta el silencio guardó silencio cuando el agua se acostó sobre las casas. Ahora son historias sumergidas que solo existen en la memoria de las familias leonesas. Bajo el embalse aún hay vida y se sienten sus latidos en el agua. La belleza es tanta que las montañas ponen límite y acotan la estampa en un abrazo, para que tanta inmensidad no desborde el cuadro y ahogue al mundo.
En el video todo está inmóvil menos una lengua parduzca que avanza entre un coro de cencerros y un pequeño taconeo de pezuñas sobre el suelo. Son 1700 ovejas cruzando el Cordel de las Merinas, rumbo a los pastizales de Torre de Babia, a su paso por el embalse de Barrios de Luna, un 16 de junio de luna creciente. Aquel fue el primer rebaño de los dos que hacen la transterminancia en León. Este lunes amanecimos con el segundo hato de merinas adueñándose de algunas calles y avenidas, pasando bajo nuestras ventanas y siguiendo la estela del primer rebaño, por la misma Cañada, pero con distinto destino en tierras babianas. La Cueta de Babia será su residencia de verano. Suben caminando desde el sur de nuestra provincia hasta los puertos de alta montaña, aprovechando los valles regados por embalses y pantanos, hasta llegar a los agostaderos y desintegrarse en pequeñas manchas parduzcas salpicando las laderas. Pastores que renuncian a la comodidad de las ruedas y, empeñados en mantener el oficio, vienen caminando como lo hacían tiempo atrás los rebaños que cuajaban los Puertos de verano leoneses, siguiendo el entramado de Cordeles y Vías pastoriles que se tuercen y retuercen, se desvían, se alejan y regresan a la Cañada Real a la que pertenecen, cruzando fronteras invisibles, encontrando los mismos pájaros en otros árboles y el mismo cielo sobre otros pueblos. O quizá sean los mismos, pero ahora sin cigüeña en el campanario, sin cuarterones entreabiertos, sin niñas cogiendo moras en las zarzas ni mujeres lavando en el reguero. Hasta las merinas echan en falta la vida de los pueblos y triscan el rosal del paredón de la iglesia, sin que nadie las espante porque esas rosas ya no hacen falta para adornar un altar sin fieles.
Ya solo sirve como dato de orgullo que las Cañadas reales leonesas eran las más largas de la trashumancia, con 800 km de andadura, en aquellas durísimas migraciones de norte a sur y viceversa, buscando un invierno amable en las dehesas extremeñas y andaluzas y, llegada la primavera, desandando el camino sobre sus mismas pisadas, buscando pastos de altura y agua fresca en nuestros agostaderos, provocando en los pueblos algarabía colectiva, disfrutando como si cada vez fuera la primera. Era un espectáculo ver aquel rebaño apelotonado, avanzando como un reguero de lana, perros con carlancas, pastores y yeguas formando una comitiva, con una rigurosa escala de mando en la que cada uno sabía su lugar. Hasta el suelo estaba jerarquizado en Cañadas con sus Ramales o Cordeles, que se iban disgregando en cordones, sendas y veredas, siguiendo las riberas de los ríos, bajo el vuelo de buitres y alimoches hasta llegar a las brañas.
Ahora, en esos chozos y majadas ya en desuso, duerme un estilo de vida único, un equilibrio perfecto entre el hombre y un ancestral respeto a la tierra. Aún se oyen ecos de ladridos de mastines, balidos tristes de oveja parturienta y tableteo de tijeras de esquileo. Si el aire viene de lejos, huele a migas y manteca, a sopas de ajo y cansancio, a brezo y orégano. Y a chanfaina de la machorra que mataron para Pascua.
También huele a noche y descanso cuando pastores y navajas tallan historias y cucharas alrededor del fuego, mientras el Motril duerme en el jergón, con el morral haciendo de almohada, aferrado al cayado de espino verde que le regaló su padre para sujetar el cansancio.
El Mayoral lo mira y sacude la cabeza sonriendo porque le vio avanzar sin quejarse, perdiendo trozos de infancia en el camino, orgulloso de su zamarra y su cayado. Es su padre. Un par de zagales lo hacen al raso, al borde de junio, con julio y los lobos acechando entre los robles. Pero no hay peligro. Hay calma en la majada. Un pastor se ocupa de los mansos, dos rabadanes charlan y la fogata arde. Es una estampa de otro tiempo. Un oficio milenario que va camino del futuro porque cada vez hay más jóvenes deseando tener un cayado de espino verde, un morral y una zamarra.