Léase este párrafo con tono de NO-DO: Primero de julio. Llegan los veraneantes. Con el júbilo propio de las grandes efemérides nacionales, los pueblos de nuestra siempre noble e histórica provincia de León ultiman los preparativos para recibir a sus más ilustres visitantes, cuya anual peregrinación constituye, sin género de duda, el mayor impulso modernizador conocido por el medio rural desde la invención de la rueda. A su diligente magisterio deberán las aldeas de nuestro amado terruño el adecuado riego de sus huertas, la racionalización del canto de los gallos, la conveniente regulación del tañido de las campanas y la revisión de otras tantas deficiencias que solo alcanzan a ser apreciadas por la acertada dirección de ese caudillo de Barakaldo, Tres Cantos o Sant Cugat que consagra sus vacaciones al estudio fecundo y desinteresado de las costumbres de la España profunda.
Venga, valió con el NO-DO, pero no con la ironía. Ya están aquí, aparcando su híbrido enchufable donde antes daba la vuelta el tractor y preguntando, sin quitarse las Ray-Ban, por dónde pueden conectar el cargador. Los veraneantes regresan un año más para sentar cátedra respecto a cómo gestionar las leñas vecinales y redescubrir, con el habitual berrinche ante tamaña molestia, que ladran los mastines y cagan las vacas.
Hay quien piensa que el medio rural sobrevive gracias a su capacidad de adaptación o a la dependencia urbana del sector agroalimentario. No es cierto, lo hace a base de paciencia. Solo con ella, con la promesa del reseteo de cada septiembre, los pueblos logran sobrellevar ese impagable legado socioeconómico, urbanístico y cultural que cree dejar quien por allí se pasea, en bermudas y comiendo pipas, algunas semanas de cada canícula.
Respira, trata de entenderlos… ¿Cómo no van a volver a esta provincia, al monte o a los campos de tu pueblo? Cualquiera lo haría. Generalizar el perfil del veraneante molesto sería caer en una necedad incluso mayor que la de esos atrevidos consejos que reparten los que cada estación estival necesitan regresar a sus orígenes para recordar quiénes son. Aunque algunos turistas rurales adquieran poses altivas y moralizantes, quiero pensar que son mayoría aquellos que respetan las costumbres del lugar donde llegan, colaboran con una cultura milenaria y muestran empatía con sus gentes.
Al final, las carreras de un niño por la plaza, más hogazas vendidas o una persiana levantada siempre serán buenas noticias y nuestros pueblos, no nos engañemos, tampoco suelen ir sobrados de ellas. Así, ante sus noticiarios de chismes y sus documentales de fotos a alpacas con filtro Valencia, esta columna sobre los veraneantes solo puede terminar con el mismo tono de NO-DO con que comenzó: A pesar de cuantas discrepancias puedan concurrir, al arribar el próximo estío, la gallardía que distingue a los pueblos de España volverá a empujar a sus gentes a recibir a los visitantes con la misma hospitalidad de cada año. Solo así, ese caudillo de Barakaldo, Tres Cantos o Sant Cugat proclamará con voz solemne la más esperada de sus consignas: «Queda inaugurado… este verano».