En tiempos remotos, siendo aún mocosos, el estudio obligado del catecismo no era tanto fuente de luz como alimento del temor. Había pasajes en aquel manual de instrucciones que alentaban un especial desasosiego y que, con el tiempo, se convirtieron muy posiblemente en el estímulo para la incredulidad. Por ejemplo, lo de que Dios estuviese en todas partes. No había escapatoria, era como el ojo del gran hermano que todo lo ve, lo analiza y lo anota, ¿para qué decir los pecados al confesor si todo constaba ya en el inventario divino? Sí, con los años aprendimos a relativizar eso y lo demás y, afortunadamente, dejamos atrás esas servidumbres religiosas.
Sin embargo, el país entero no fue tan espabilado, no lo es todavía al parecer, y aquellas prédicas no sólo permanecen en algún sentido, sino que tienden a extenderse en su representación más teatral.
Quizá por eso, por lo teatral, que siempre, sin saberlo, fue muy del gusto popular.
Me refiero a la ocupación de nuestras calles a lo largo de los últimos días con un sinfín de catecismos en formato procesión, otra forma de aleccionar, otro modo de explicar que está por todas partes, que es un dios ocupa. Yo, desde la no fe, no conozco otra forma de explicarlo.
Ahora bien, este nuevo catecismo callejero es, sin duda, lo menos religioso que uno pueda contemplar. Responde más bien a otro tipo de catecismo mucho más impío. Me refiero al espectáculo, al jolgorio, a la frivolidad. Lo saben bien los servidores de limonada, quienes, no obstante, se quejarán a la postre de que la semana no les salió como preveían.
Lo saben también hoteleros y otros dueños del negocio para estabular viajeros, quienes, no obstante, se quejarán a la postre de que la semana no les salió como preveían. Y lo saben las propias cofradías, las guardianas del catecismo riguroso, cuyos desfiles más parece en muchos casos un ejercicio de exhibicionismo que una auténtica contrición penitente y que, a la postre, se quejarán del mismo mal que sus otros colegas.