Cuando octubre acontece, los sentidos descansan de tanta luz, de tanto ruido, de tanto movimiento, del calor, del sabor, del olor. Todo entra en un impasse libertario, fluye libre de motivos. Se acabó el esfuerzo de la hoja verde brillante y potente, por madurar; de que la cría medre hasta que aprenda a encontrar su sitio. La propia esencia se hace patente, sumergida en el jugo de la experiencia, pero sin acción, y es el momento de sacar conclusiones, de recordar el ruido que hizo el fruto al desprenderse de la rama, de asumir el camino que lo estrelló contra el paladar del alma, del cuerpo, de la razón; es tiempo de dar las gracias.
La tarde que Teresa llegó a mi casa, con la excusa de unas fotos de la época de la facultad, sentí alegría. Hacía muchos años que nos conocíamos y, a pesar de que siempre habíamos tenido buena relación y de que las circunstancias habían favorecido que nos viéramos con alguna frecuencia, nunca habíamos sido amigas. El reencuentro me sorprendió y me gustó, como todo aquello que viene regalado
Pertenecíamos a estratos sociales diferentes. En su familia: cargos relevantes, negocios prósperos y lucrativos y sugestivas propiedades urbanísticas. En la saga de Teresa, lo de padre comerciante, hijo caballero y nieto pordiosero no encajaba. Habían sabido pasarse el testigo, generación tras generación, de manera impecable, al tiempo que habían cultivado la soberbia de su estirpe casi con tanto mimo como sus negocios. La mía era una familia de trabajadores venidos a burgueses, sin más.
Después de aquel primer encuentro, Teresa continuó recalando en mi casa al menos una vez a la semana. Al principio con excusas, pero pronto tan sólo fue suficiente mi disponibilidad. Hablábamos, escuchábamos música y leíamos en voz alta fragmentos de novelas y poemas que a ambas nos gustaban.
Llegada la hora de cenar, se solía quedar con toda naturalidad, aunque hubiera invitados, familia, incluso Eme que, hay que advertirlo, no le caía bien. Que si unas sopinas de ajo, que si un platín de jamón serrano con tomate, que si una tortilla de patata, y ella encantada. Pero, lo que más le gustaba para cenar era los huevos fritos con una pizca de pimentón, su puntillita crujiente, su clara cuajada al punto y la yema abundante para mojar pan a lo grande. El día que la vi comer huevos fritos ¡vi mucho más! Vi cómo le daba vueltas al plato buscando el flanco más débil para atacar, pellizcando el pan y metiéndolo en la yema con la punta de los dedos incluida, y se lo llevaba a la boca ¡todo! incluida la punta de los dedos; sorbía, masticaba y chupaba a la vez… Aquellos huevos, así comidos, duraban una eternidad, durante la cual no cruzábamos ni una palabra.
Pasamos el otoño, el invierno y buena parte de la primavera. Una tarde me llamó y yo no estaba en casa. Le dije que no podíamos vernos porque no sabía a qué hora volvería. Cuando iba de regreso, pasé por la calle Juan Lorenzo Segura donde ella vivía en un espacioso ático y aunque nunca nos encontrarnos en su casa, llamé: ¡Hola! estoy abajo, ¿te parece que suba? Bueno, me contestó dudando, pero solo un rato, he quedado aquí con unas amigas para cenar, como tú estabas liada... Fenomenal, dije, sin querer darme por enterada, seguro que pasamos un rato divertido, ¿quieres que compre unos huevos, o algo? Rio condescendiente: a estas no se les da de cenar un par de huevos fritos, pero, en fin, sube si quieres, aunque creo que es mejor que te vayas antes de que lleguen, no las conoces de nada y, además, no son de tu palo y seguro que no estarías cómoda. La respuesta me dejó desolada.
No subí y no la volví a ver y me encargué, concienzudamente, de que no volviéramos a coincidir. Y… aborrecí los huevos fritos porque cada vez que los comía me acordaba de Su Majestad: Teresa.