En llegando al periodo octogenario, dígolo por pasarlo en vida, una de las consecuencias que en esa última fase se sufre es el olvido. Pongamos un ejemplo. No había manera de recordar a un célebre galán de Hollywood, al que aprecio mucho desde que lo vi por primera vez en la pantalla cinematográfica haciendo drama junto a Elizabeth Taylor en el film «La gata sobre el tejado de cinc». Pasado cierto tiempo, de pronto, como un cometa fugaz, después de decir mil veces ¡lo tengo, lo tengo, en la punta de la lengua!...¡Paul Newman, coño! Y te vas a la cama feliz creyendo que sólo fue un lapsus. Incauto. A los pocos días, por no decir horas, el mismo problema. Para solucionarlo, he aquí el remedio.
La unión, se dice, hace la fuerza, exceptuando entre varón y hembra, que a veces criaturiza y otras se destriza; pero eso es otro relato que no viene a cuento. ¿Qué mejor elección, pues, que la de asociar el nombre del astro hollywoodiano a los herederos de tu propia sangre? De modo que resolví ensamblar en el recuerdo el famoso nombre del actor estadounidense al de mi hijo Pablo. Asunto resuelto.
Con Pablo ya no he vuelto a perder a Paul.Ayer tuve en la memoria una vía de agua muy preocupante. Hay una cómoda en mi dormitorio en uno de cuyos cajones guardo desde hace bastante tiempo una modesta cantidad de dinero. Hasta hace poco tiempo esta pasta permanecía embolsada en una funda de plástico en el cajón de la ropa interior. Después decidí darle a esa prenda otro alojamiento. Como había por los alrededores una billetera desusada, deposité el papel moneda en el lugar más escondido de la misma metiéndola en el cajón aludido. Pero al abrir un día la cartera para sacar unos euros, ¡oh sorpresa!, el dinero había desaparecido. Pero…si…juraría… que… estoy seguro de… Era claro que se me había borrado de la memoria la ubicación exacta del ultimo escondrijo.
Cuando me disponía a inspeccionar rigurosamente todos los cajones a la búsqueda del dinero, he aquí que Dulcinea, mi mujer, coge la billetera y, examinándola con minuciosidad en todas sus partes con más pericia y menos nervios, exclamó: ¡Estás ciego o estás modorro!, ¿No ves aquí el dinero? ¡Ay, querido, cómo estamos ya! ¿Dónde…dónde…Dulce, querida?, pregunté ansioso, pero con gesto de bienaventuranza. Pues, aquí dentro, en el forro. ¡Bendito sea Dios! ¡Bendito sea su santo nombre!, exclamé. ¡Cómo se me ha podido olvidar! ¡Si era de cajón! ¿A qué intruso se le hubiera ocurrido examinar tan rebuscado escondite?
Por desgracia, quedaba clara una cosa: mi incompetencia de buscador de tesoros ocultos era directamente proporcional a la de mi capacidad de recordar; y viceversa. Después de mucho cavilar, retiré el dinero de la billetera y le procuré otro lugar dentro de la cómoda. Había que hacerlo con garantía de no guardarlo en otro sitio, como en otro mueble, y el demonio que me fallase de nuevo la memoria. Al cabo de unas semanas fui a sacar el dinero. Ni por el forro. Volví a donde las camisas y los calzoncillos de repuesto. Inútil. Busque en todos los rincones de la cómoda. Negativo. Puse el mueble patas arriba, con el hueco de los cajones hacia abajo. Ni rastro del dinero. «Rien de rien», que dirían los franchutes.
La desesperación no radicaba en haber perdido los euros, sino en haber perdido la memoria. Pasó el tiempo. El asunto se esfumó del cerebro. Llegó el invierno. Hacía mucho frío. Abrí uno de los cajones de la cómoda. Cuando me llevé las manos a las manoplas, mis dedos tropezaron con unos cuantos papeles dinerosos.
¡Alabado sea Dios! ¡Bendito sea su santo nombre!
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