Por unos días hemos dejado de pensar en las casas para preocuparnos de la Casita. Los no iniciados –cada vez menos– hemos descubierto que la Casita de los conciertos de Bad Bunny replica en el escenario una vivienda tradicional puertorriqueña a la que invita a diferentes espectadores. Todo el mundo quiere pasar un rato allí y, sobre todo, ser fotografiado, difundir y que se difunda su visita. Los agraciados se vienen seleccionado en el ambiente denominado VIP, consistente en famosos y otras personas (en general mujeres) de físico «normativo», esto es, pibones, comportamiento que ha provocado críticas y ha sido discretamente enmendado con alguna que otra persona «normal» (¿normalizada?).
Más allá de su visión y misión promocionales, la Casita es una metáfora perfecta y muy oportuna. Relata la conversión de una vivienda distintiva, y en teoría humilde, en alojamiento efímero de personajes con dinero cuya presencia es deseada y cuyo modelo de vida justifica un «allanamiento de morada» tan literal. La casa popular de los ancestros se rinde a la arrolladora invasión de un contingente de paso, turístico, que ha laminado el sentido primero y respetable de esa casa, su raigambre trasplantada al terreno de las ambiciones crematísticas; su alma vendida a un diablo realquilado. Así nuestras ciudades, especialmente sus cascos históricos que teníamos por divisa identitaria y trasferimos al mejor postor, al visitante VIP.
La Casita recuerda otro diminutivo doméstico, ‘El pisito’. En esa película de 1958 con guion basado en un relato de Rafael Azcona, los protagonistas (López Vázquez y Mary Carrillo) llevan años buscando en Madrid un inalcanzable piso para casarse. No encuentran otra salida que el matrimonio de él con la anciana que le realquila una habitación para heredar ese arrendamiento e impedir el derribo del edificio ambicionado por el propietario. Su triquiñuela exitosa (hoy inviable) acaba por convertirles en las malas personas que no eran, abrumados por una amargura definitiva.
Entre ambos extremos se desarrolla el drama de la vivienda en este país. La Casita portorriqueña ha sido gentrificada como el alquiler de vivienda, opción de muchos ciudadanos, es enajenado a base de rentas prohibitivas de temporada. De igual manera la compra del pisito se ha convertido en quimera a la que se sacrifica todo esfuerzo y porvenir, incluida la propia felicidad.
Vivienda y alimentos dinamitan los beneficios sociales de la bonanza económica, como también el encarecimiento de la salud, mediante la mengua de recursos de la sanidad pública, o la enseñanza, por la progresiva privatización universitaria a partir de la depauperación de la pública. Todo ello a mayor beneficio de los mismos y ante la impotencia de medidas gubernamentales, desactivadas por las Autonomías o por la propia lógica timorata de una socialdemocracia en retroceso que no se atreve a dar un golpe en la mesa por miedo a que no les inviten a ciertas casitas.