Tal vez pudo ser más sosa, pero habría sido difícil, porque aburrida ha sido hasta el tuétano la campaña electoral. Un perfil plano para un Partido Popular que vive de sus propios recuerdos, aunque ni siquiera le han servido para aferrarse al poder sin adelantar los comicios. Aun así, entre «cerezas, cervezas o cenizas», el partido se quedó con el plato puesto y sin demasiados bofetones en un Bierzo que quizá se los debía. Bastaba con abrir los ojos a lo que nos pasa cuando cruzamos las puertas del hospital, como pacientes o como profesionales. A nosotros y a los especialistas que se dejan la piel para cubrir lo que la sanidad pública no alcanza. Y también estaban las llamas, esas que en agosto nos hicieron llorar y se llevaron vidas. Un segundo puñetazo a quienes presumían de cuatro décadas de respaldo electoral. Enfrente, el PSOE de Rosendo llegaba cargado de rock, con ganas de cerrar heridas, pero demasiado novel como para poder hacerlo de golpe. Corrían tintas rojas para apurar el cambio, aunque los electores tampoco tenían demasiado claro hacia dónde debía ir, y eso sepultaba muchas intenciones en una comarca donde lo que queda es más necesidad que esperanza. Con esas mimbres, poco cesto de votos. Aunque la comarca, históricamente, siempre se ha pintado la cara de socialismo con una fuerza que el Partido Socialista Obrero Español promete «no olvidar».
Después está el empuje de Coalición por El Bierzo, que siempre hace cuentas desde primera hora. La calculadora suele traicionar a los partidos locales, porque su electorado se mueve en pequeñas dosis de motivación: píldoras que a veces alcanzan techo, pero que sobre todo sirven para medir por dónde respira la comarca. Algo parecido ocurre con Unión del Pueblo Leonés. Hablar de leonesismo y bercianismo en una tierra donde el segundo pesa más que el primero no es sencillo. Hay quien entiende que somos un todo y hay quien marca en el Manzanal una frontera que solo se cruza con pasaporte. Esa pócima identitaria deja por debajo al resto de fuerzas, convertidas muchas veces en pequeñas tribus de buenas o malas ideas que se venden desde Valladolid para traerlas después al Bierzo. Si uno mira el histórico, poco se le ha movido la silla a Alfonso Fernández Mañueco desde una comarca que hace tiempo que perdió fuerzas para gritar. Solo desde fuera de la política se ha conseguido sacudir algo el tablero: la plataforma creada a las puertas de Oncología, cuando el servicio colgó el cartel de «vuelva usted mañana» para enfermos de cáncer para los que «algún día es demasiado tiempo». Ahí sí temblaron las bases de un gobierno que sacaba pecho con la boca pequeña, sostenido además por un bastón incómodo del que no termina de desprenderse: Vox. Triste, en resumen. Porque mañana, todos los que pasaron por la comarca llamándonos por nuestro nombre para pedirnos que fuéramos aliados, volverán a olvidarnos durante cuatro años. Se apagan las luces y la comarca regresa a su posición habitual: tiempo de espera.