jose-alvarez-guerrab.jpg

Las casas y sus nombres

19/06/2026
 Actualizado a 19/06/2026
Guardar

La Revolución industrial cambió el mundo, y lo hizo a caballo de un invento: la máquina de vapor, ese artilugio que permitía multiplicar la fuerza y la velocidad a base de calentar el agua y con vapor mover todo tipo de artilugios productivos. 

Empezó en Gran Bretaña en la segunda mitad del siglo XIX y se extendió por Europa. Alemania y Francia fueron los siguientes, aunque aquí, y como siempre, llegó mucho más tarde. 

Se pasó entonces de la ‘manufactura’ a la ‘maquinofactura’, multiplicando enormemente la producción, y haciendo así llegar, a casi cualquier lugar, muchísimos productos que antes solo estaban al alcance de la nobleza y la muy alta burguesía. 

Porque esa fue otra: la facilidad de producción llevó inmediatamente a una mejora enorme de las posibilidades de transporte, lo que, a su vez, aumentó la distribución y de rebote la producción.

Todo ello modificó radicalmente la estructura social, dando un enorme empujón a los núcleos urbanos, para empezar porque la facilidad de enriquecimiento se trasladó a las ciudades, pues allí era donde se movía

el dinero y más facilidad había para ‘jugar’ con él, y para seguir, como polo de atracción de mano de obra.

España, para variar, iba detrás. Nuestra estructura económica, a nivel país, desde Isabel y Fernando funcionaba con el trigo y la lana (el vestido y la comida era la fuerza de los territorios postmedievales), y de lo que las colonias enviaban, envíos que se empleaba para pagar todo tipo de producto industrial fabricado fuera, si bien era cierto que, en esos finales de siglo, esa última parte, poco aportaba ya.

A finales del XIX y principios del XX, esa revolución industrial llega a España y lo hace, cómo no, en Cataluña, que, hay que reconocerlo, siempre fue por delante: aquí andábamos con los burros de carga y allí con coches.

El olfato comercial catalán hace que florezca la industria y el comercio, de todo tipo y sobre todo en paños y tejidos. La burguesía catalana toma un gran auge que se refleja en todo lo que es la vida diaria, especialmente en Barcelona.

Los edificios importantes, los que marcaban la calidad de la ciudad hasta entonces, los palacios y casas señoriales de la nobleza, son acompañados por otros, de los nuevos personajes  importantes de la ciudad, entre los que se pone de moda, como señal de importancia social, hacerte ‘su’ edificio, bien señalado y conocido, y aún mejor, si te lo proyecta un arquitecto de fama. Y así Gaudí, y muchos más arquitectos como Domenech, Jujol, Puig y, tantos otros, dejan en la ciudad una buena cantidad de edificios nominados por sus propietarios.

Nace así el acto social de poner tu casa en la ciudad y usarla como relevancia de tu situación social, moda que se extiende por el resto del país. Y por aquí, porque no íbamos a ser menos. Eso sí, también más tarde y a nuestro nivel.

Por supuesto ni que decir tiene que el caso de Fernández Ladreda y Mariano Andrés fue exactamente eso, aunque aquí sea un caso especialmente señalado.

Lo que no quita para que ya se hubiera iniciado la moda de hacer casas con nombre, entonces el de su promotor, como en Cataluña: Lorenzana, Lubén, Goyo, Ciriaco, Don Valentín y tantos otros.

Porque aquí, en una ciudad de 18.000 habitantes (poco menos que el doble que hoy Astorga), también comenzaba, si no la industria, que fue unos años después, sí la expansión comercial.

Esa costumbre de bautizar los edificios con el nombre de los promotores propietarios, se mantuvo hasta la guerra civil y se retomó unos cuantos años después, especialmente a partir del primer ‘boom’ inmobiliario de los años sesenta, aunque ya las nominaciones atendían a otras razones.

En los años de postguerra cambió radicalmente la promoción de los edificios. Antes, un propietario hacía ‘su’ casa, un constructor la construía y un equipo técnico, por delegación de la propiedad, la dirigía.

Aparece entonces el promotor/constructor, que asume esas dos funciones al mismo tiempo, lo que multiplica el número de inmuebles con el mismo origen, despersonalizándolos. Ya no tiene sentido que una misma persona, que hace varios edificios a lo largo de los años, los llame a todos por su nombre.

Lo que no elimina que sí se haga por ese mismo promotor, pero por otras cuestiones, generalmente comerciales y por llamar la atención del comprador. 

Pero quizás, los más interesantes son los nombres con que la gente, sin más, les pone, ya sea por su color, aspecto o cualquier otra insospechada circunstancia: bañeras, mapfre, picos, agustinos, chupachups, parchís, novelty, incluso nombres aún más sonoros y escatológicos, sembrados por toda la ciudad.

Y creo que esa costumbre de bautizarlos  está bien, pues ese simple hecho la personaliza y no deja que ésta sea un montón de edificios que nos rodean sin más, distinguibles simplemente por un nombre de calle y un número. A que sí.

19 06 2026 Álvarez Guerra
19 06 2026 Álvarez Guerra

 

Lo más leído