La correspondencia de Gustave Flaubert a su amante Louise Colet –«buena Musa»– es para Vargas Llosa «el mejor amigo para una vocación literaria que se inicia, el ejemplo más provechoso con que puede contar un escritor joven en el destino que ha elegido». Abarcan los diez años dedicados a la primera versión de Saint Antoine y de Madame Bovary: entre agosto de 1846 y marzo de 1855. Cuando se conocen, ella tiene treinta y cinco años y él veinticuatro. En estas cartas –168–, le da consejos literarios, corrige sus versos, le propone lecturas: «Shakespeare… más que nunca, todos los demás me parecen niños a su lado».
Además de sus encuentros y desencuentros –amigos, amantes, algo más que amantes, ruptura–, Flaubert expresa sus convicciones sobre el Arte y la Literatura: «Lo que a mí me parece lo más elevado del Arte no es hacer reír, ni llorar, ni poner cachondo ni enfurecer, sino obrar al modo de la naturaleza, es decir, hacer soñar». Sobre su vocación: «Tengo proyectos de obras hasta el final de mi vida, y si a veces tengo momentos agrios, que me hacen casi gritar de rabia, hasta tal punto siento mi impotencia y mi debilidad, hay otros también en que me cuesta contenerme de alegría» y «La vocación, grotesca o sublime, debe seguirse». Sobre las dificultades que tiene al escribir «mi Bovary»: «Todo el día del lunes, y el martes, ocupado buscando dos líneas”. Sobre el estilo y lo que persigue: “Lo que me sostiene es la convicción de que estoy en lo cierto, y si estoy en lo cierto, estoy en el bien, cumplo un deber, ejerzo la justicia. ¿Acaso he escogido? ¿Es culpa mía? ¿Quién me empuja? ¿Acaso no he sido castigado cruelmente por haber luchado contra este arrebato? Hay que escribir, pues, como se siente, estar seguro de que se siente bien, y ciscarse en todo lo demás sobre la tierra».
«¿Cuántas miasmas repugnantes hay que haber tragado, cuántas penas sufrido, cuántos suplicios soportado, para escribir una buena página? Eso somos nosotros, poceros y jardineros. Sacamos de las putrefacciones de la humanidad deleites para ella misma, hacemos crecer canastillas de flores sobre miserias amontonadas. El Hecho se destila en la Forma y sube a lo alto, como un puro incienso del Espíritu, hacia lo Eterno, lo Inmutable, lo Absoluto, lo Ideal». O con otras palabras: «Puede escribirse cualquier cosa, es decir, lo que sea. El artista debe elevarlo todo; es como una bomba, tiene un gran tubo que desciende a las entrañas de las cosas, a las capas profundas. Aspira y hace brotar al sol, en surtidores gigantescos, lo que estaba plano, bajo tierra, y no se veía».