Seguimos con las cartas que Gustave Flaubert escribió durante unos años a su amante Louise Colet en lo que nos interesa para la escritura. Para él, a pesar de las dificultades, escribir es algo delicioso, “el no ser ya uno mismo, sino el circular en medio de toda la creación de lo que uno habla”. Cuando tiene “estos goces”, se siente tentado a elevar “una plegaria de agradecimiento a Dios, si supiera que puede oírme”. Las dificultades proceden de la falta de orden: “Si te empeñas en un giro o una expresión que no llega, es que no tienes la Idea. La imagen, o el sentimiento bien claro en la cabeza, trae la palabra sobre el papel. Lo uno dimana de lo otro”.
Pero el arte exige sacrificio, esfuerzo: “La perla es una enfermedad de la ostra, y el estilo, quizá la supuración de un dolor más profundo”. El verdadero poeta, dice, es un sacerdote: “En cuanto se pone la sotana, ha de abandonar a la familia. Para sujetar la pluma con brazo firme, hay que hacer como las amazonas, quemarse todo un lado del corazón”.
La meta que se ha propuesto con Madame Bovary es “escribir bien lo mediocre y hacer que conserve al mismo tiempo su aspecto, su corte, sus propias palabras”. Necesita muchos esfuerzos para imaginarse a sus personajes y, luego, para hacerles hablar “ya que me repugnan profundamente”. Cuando escribe algo de sus entrañas, va deprisa, y ese es el peligro: “Cuando se escribe algo de uno mismo, la frase puede ser buena a ráfagas pero falta el conjunto, abundan las repeticiones, las redundancias, los lugares comunes, las locuciones banales. Cuando se escribe al contrario una cosa imaginada, como entonces todo debe dimanar de la concepción, y como la más pequeña coma depende del plan general, la atención se bifurca”. Por eso le cuesta tanto avanzar con “mi Bovary”, porque nada de este libro está sacado de sí mismo: “Nunca me habrá sido más inútil mi personalidad”. Porque su propuesta es muy exigente: “Querer dar a la prosa el ritmo del verso (dejándola prosa, y muy prosa) y escribir la vida ordinaria como se escribe la historia o la epopeya (sin desvirtuar el tema)”. Para él, el estilo es la vida, la sangre misma del pensamiento. Hay que narrar con toda sencillez, “pero narrar hasta llegar al alma”. “Este libro, que no es más que estilo, tiene como continuo peligro el propio estilo. La frase me embriaga, y pierdo de vista la idea”.
Le sugiere a Colet que adquiera el hábito, de una vez, de leer todos los días un clásico, al menos una hora seguida, “porque cree saludable esa higiene (…) y a la larga, se infiltra. “Hay que leer incesantemente (…) No, es más que escribir. ¡Ya que es con lo que han escrito los otros con lo que escribimos!