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Cartas a un joven novelista

12/05/2026
 Actualizado a 12/05/2026
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Mario Vargas Llosa escribe doce cartas a una persona que quiere iniciarse en el mundo de la escritura de novelas: sobre eso que le hubiera gustado leer cuando ya muy de joven sintió la vocación literaria como un mandamiento de escribir historias que deslumbraran a los lectores como a él habían deslumbrado Faulkner, Hemingway, Malraux, Dos Passos, Camus o Sartre.

Esa vocación –«asunto misterioso, cercado de incertidumbre y subjetividad»– nada tiene que ver con la vocación al relumbrón ni a los beneficios económicos que a ciertos escritores depara la literatura. Quien la «tiene vive el ejercicio de la vocación como su mejor recompensa: el escritor siente íntimamente que escribir es lo mejor que le ha pasado y puede pasarle, pues escribir significa para él la mejor manera posible de vivir», prescindiendo de las consecuencias sociales, políticas o económicas que pueda lograr mediante lo que escribe. 

Una vocación que no es fruto del destino –como pensaban los románticos– ni de una elección. Te sientes llamado, obligado casi a ejercerla porque intuyes que solo ejercitando esas vocación –escribiendo historias, por ejemplo– se sentirán realizados, de acuerdo consigo mismos. Hay, en primer lugar, una disposición subjetiva, innata o forjada en la infancia o en la primera juventud, «por fantasear personas, situaciones, anécdotas, mundos diferentes». Es una actitud rebelde que quiere poner en entredicho la realidad, escribir la vida que no es, fruto de una insatisfacción. Después, en una segunda fase, hay una decisión de ser escritor: «Organizo mi vida para trasladar a la palabra escrita mi vocación, me empeño en serlo». No es un pasatiempo, un deporte, un juego refinado que se practica en los ratos de ocio: «Es una dedicación exclusiva y excluyente, una servidumbre libremente elegida que hace de sus víctimas –de sus dichosas victimas– unos esclavos». Es una actividad permanente, algo que ocupa la existencia, que desborda las horas que uno dedica a escribir y que impregna todo lo demás que hace: «No escribes para vivir, vives para escribir». 

La primera carta al joven novelista la titula ‘Parábola de la solitaria«’, precisamente porque la vocación literaria se alimenta de la vida del escritor. Se entra en la literatura como se entra en religión, con total dedicación de energía, tiempo y esfuerzo. Esta vocación se puede cultivar, se puede «construir el talento con años de disciplina y perseverancia, a base de constancia y convicción».

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