Entre 1879 y 1904, Chéjov escribió 4000 cartas a amigos, escritores y familiares. De estas, se han recopilados algunos fragmentos de 200 de ellas que tratan sobre el cuento, el teatro y la literatura en un libro que lleva por título Antón Chéjov. Consejos a un escritor. Para un escritor, me ha parecido especialmente interesante la primera parte, la dedicada al cuento. Se recoge, entre otras, una carta a su hermano Alexánder, donde sintetiza las condiciones que cree debe de tener una obra literaria: «1. Ausencia de palabrería prolongada de naturaleza socio-político-económica. 2. Objetividad total. 3. Veracidad en las descripciones de los personajes y de los objetos. 4. Brevedad extrema. 5. Osadía y originalidad (huye de los lugares comunes) y 6. Sinceridad».
La objetividad supone renunciar a la subjetividad y «convertirse en un testigo imparcial, como un reportero de la vida cotidiana: situarse al margen de todo, no meterse en la piel de los héroes de tu propia novela, renunciar a uno mismo». Y no «imaginar sufrimientos que no hayas experimentado ni dibujes cuadros que no hayas visto». El artista, dice, no deber ser «el juez de sus personajes, de lo que hablan, sino solo un testigo imparcial». Y dice a un escritor: «Por temor a no ser suficientemente preciso y no ser comprendido, considera necesario exponer los motivos de cada situación y de cada movimiento (…) lo que le obliga a decir dos o tres frases superfluas y, de este modo, por escrúpulo, sacrifica la verdad».
Anima a tomarse en serio la escritura, a que sea un verdadero trabajo, a no dejarse llevar por la pereza: «Perdóname, por favor, no quiero reconocer los cuentos sin tachaduras»; «Escriba una novela. Escríbala un año entero. Luego, durante medio año redúzcala (…) Usted se esfuerza poco, una escritora no debe escribir sino bordar en el papel para que el trabajo sea lento y minucioso». «Su defecto es que no pule sus obras (…) no quiere o le da pereza eliminar todo aquello que sobra».
Da algunos consejos prácticos sobre los cuentos y relatos: no darlo a leer a nadie ni antes ni después de publicarlos; o «Llevo la acción de manera tranquila y mansa, y al final golpeo en la cara al lector; o «La intuición me dice que el final de un relato o de un cuento debe concentrar artificialmente en el lector la impresión de toda la obra. Por eso, aunque sea de pasada, debo referirme a aquellas personas de las que hablé antes».