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Cartas a la posteridad

23/11/2017
 Actualizado a 18/09/2019
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Escribir una carta es una rareza que roza ya la excentricidad del nostálgico. Un fetichismo en desuso, un anacronismo del que se ríe la mensajería instantánea de bolsillo. Aún así, hagan la prueba. Cojan un papel y un bolígrafo (una pluma estilográfica si se ponen exquisitos). Escriban en la parte superior derecha la ciudad y la fecha. Y al lanzarse a trazar palabras sentirán un cosquilleo especial, un nerviosismo al que estamos desacostumbrados. Es el miedo a perdurar. «¿Acaso cuando he escrito ciertas cartas no ha pasado por mi mente la idea de que el destinatario las guardará?», son palabras de Miguel de Unamuno. La Universidad de Salamanca ha iniciado la publicación de todo el epistolario del escritor que está compuesto por 2.800 misivas.Todos deseamos que el destinatario guarde nuestras cartas, como un relicario de sentimientos.

Las cartas nos han relatado la vida privada, las relaciones personales o las opiniones políticas de los más importantes personajes de la historia y los avatares anónimos que explican cada época. La sociedad está asesinando a su mejor cronista que es la sociedad misma.Antes los amantes se querían y dejaban de hacerlo por carta. Los amigos debatían por carta. Y se releían décadas después, con esa mirada cálida de la nostalgia. Textos privados que suelen perder siempre su intimidad con un acuerdo no escrito de caducidad que se sella con la muerte. Porque, ¿alguien dudaría en leer una carta amarillenta de su abuelo encontrada en la última caja del desván? En absoluto vería un atentado contra su intimidad, si no una oportunidad única se reencontrarse. Igual que una fotografía, una fotografía del alma.

Aunque en peligro de extinción, el mundo epistolar mataselladoaún parece infinito. Cada poco salen a la luz pública nuevas cartas inéditas de conocidos autores, como si esas confesiones o pensamientos se ahogaran en el tiempo y no volvieran a flote hasta estar hinchados de años. Por cartas para otros hemos conocido mejor a Juan Ramón Jiménez, George Orwell, Antoine de Saint-Exupéry, Julio Cortázar o Federico García Lorca. Legajos cargados de cotidianidad donde se trufa la literatura con la crudeza de la vida. «Arrastra la vida, como yo, con el eje roto», escribió Miguel Delibes a Francisco Umbral en una carta tras la muerte de su hijo cuando el vallisoletano ya había perdido también a su esposa. Cuartillas que en el caso de los artistas han permitido conocer sus habituales miserias económicas, «No llegué a recibir el cheque por los cuentos. ¿Cuántos de esos 750 dólares me van a llegar ahora y cuándo exactamente?», insistía Faulkner a su editor. El dinero a menudo ha maltratado a los genios.

En ese futuro en el que viviremos mañana no habrá cartas que nos expliquen. Quizá quieran entendernos a través de los’ tweets’, versión posmoderna y hueca de las greguerías, haikus y aforismos. Pero no será lo mismo. Porque la carta es la complicidad del diálogo a distancia, una conversación de tinta entre dos que favorece las confidencias. No es la piedra lanzada al lago de las redes sociales para intentar crear las mayores ondas posibles en la superficie. La correspondencia solo intenta sobrellevar la existencia aunque a veces termine cambiando el mundo. Como la ‘Carta de una desconocida’ de Stefan Zweig , donde aquellas páginas obligan a la reinterpretación de toda una vida. Hay cartas que reescriben biografías, obras e incluso la Historia. Son la mejor posdata. “¡Escribir cartas para la posteridad!”, exclamaba Unamuno.
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