16/02/2026
 Actualizado a 16/02/2026
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Un nuevo rol o comportamiento humano se produce cada año cuando llega el carnaval, donde las comparsas toman las calles llenándolas de humor, color y música… en contraste con la rutina diaria.

En España son muy importantes por su magna celebración el carnaval de Cádiz y el de Santa Cruz de Tenerife. En el mundo, el carnaval de Río de Janeiro, el de Mardi Gras en Nueva Orleans o el de Venecia… ¡Nada comparado con nuestro carnaval de La Bañeza o el de Riello!

El carnaval nos concede el permiso social para vivir en una hipérbole, mientras que éste transcurre, algo que normalmente escondemos, ya que nos disfrazamos, travestimos, bailamos y reímos de la autoridad y a veces hasta de nosotros mismos. 

Es una pausa pactada en la rutina donde todo cabe porque es carnaval, pero la reflexión incómoda llega cuando se acaban las fiestas y guardamos el disfraz, aunque a veces intentamos volver a ponerlo.

En la vida diaria solemos comportarnos como si lleváramos un velo o camuflaje puesto que moderamos opiniones, reprimimos emociones y actuamos según lo que se espera de nosotros. El carnaval, en cambio, nos recuerda que esa contención no es natural sino fingida. Durante el carnaval nos permitimos ser auténticos, graciosillos, humanos y hasta nos miramos a los ojos sin pantallas de por medio, a la vez que compartimos el espacio sin autocensuras.

Quizás el valor del carnaval no esté solo en la fiesta sino en lo que revela, puesto que nos muestra que otra forma de convivir es posible por su espontaneidad y menor rigidez. Tal vez no se trate de vivir en un carnaval permanente, no, pero deberíamos preguntarnos por qué necesitamos una fecha concreta para ser más alegres… versus más felices.

El anonimato nos proporciona la máscara para sentirnos más como somos en realidad: gamberros, chistosos y menos educados. ¡Vive la vida, ya que, en parte, la misma es un carnaval! Salud

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