Mercería La Estrella, sábado de Carnaval en La Bañeza. Mi amiga L., que ha venido de Madrid, tiene frío y entra a comprarse unos calcetines gruesos, no unos cualquiera, unos bordados de los que se gastan bajo los manteos. En La Estrella hay aglomeración. Una mujer con peluca roja quiere un carrete, otra con peluca azul, una boa de plumas. Mi amiga, cara pintada de amarillo y cresta punk, observa todo muy entretenida. Benevaldo corre detrás del mostrador atendiendo a unas y a otras. Tengo que contarte mil anécdotas carnavaleras para que las escribas, me dice. Mientras, la peluca negra se le mueve un poco y se le entreabre la gabardina. Debajo asoma la cabeza de un pollo de goma. «Por un aplauso, te enseño el pajarito», reza el cartel que lleva en el pecho. Las señoras se carcajean hasta quedarse sin aliento. Pero él, tan serio, despachando hilo, goma, cinta de rematar. Los buenos carnavaleros llevan la seriedad por bandera. El que se ría bajo el disfraz es que no lo vive de verdad. Recuerdo a Pinto, vestido de alcalde, declamando circunspecto: «Solo pido que no se rompa la paz social, y el año que viene, ¡nos subimos el sueldo!». A Godón, de caperucita siniestra, recitando con gravedad ripios descacharrantes. A mi hermano vestido de Molina –aquel tipo con síndrome de Diógenes que recorría el pueblo a lomos de su bicicleta destartalada y el portabultos a reventar– topándose con el mismísimo Molina, quien, emocionado y arrodillado, declamaba con lágrimas en los ojos, ay, ay, no me lo creo, no me lo creo; y mi hermano soltaba con aire sentencioso, Molina, hace tres semanas que no me baño para parecerme a ti; y el otro respondía desde el suelo, ¡pues aún te falta, hasta que lleves tres años!
El Carnaval es una cosa muy seria.
Benevaldo despacha a destajo y su pollita se mueve arriba y abajo. Entran dos enfermeras estilo años 50. La enfermera-hombre se acerca a las clientas con maneras profesionales y un instrumento curvo en la mano: si queréis una ecografía, os la hacemos sin lista de espera. A través del escaparate veo a las nenas-hombres de San Ildefonso repartiendo suerte en su bombo con forma de hormigonera, tocará el Gordo aquí, veréis. Pasa una bandada de pacientes en silla de ruedas, perseguidos por más enfermeras. Mansueto se detiene y saluda solemnemente a la concurrencia tras su disfraz de patata del Mercosur. Al fondo, en la plaza, distingo una cama enorme con Epi y Blas en camisón. Pasa de nuevo la bandada de pacientes perseguidos por enfermeras, pero en dirección contraria. Por fin llega nuestro turno. Benevaldo pregunta, ¿quieres este modelo de calcetín o este? Mi amiga punky se inclina por encima del mostrador, y zasca, de la gabardina sale el pollito con piel de gallina. El Carnaval es una cosa muy seria, sobre todo en la mercería La Estrella.