Cada vez que ocurre algún incidente que nos despierta de nuestro letargo y nos enfrenta a la dura realidad, nos asalta una incertidumbre que nos hace preguntarnos si vivimos en un país seguro, a todos los niveles, o si, por el contrario, estamos sobreviviendo día tras día al borde del abismo sin ser conscientes de ello.
Quizás el problema de base es que damos por hecho que hay ciertos servicios o infraestructuras que no pueden fallar. Esta seguridad engañosa se sustenta en que creemos que las personas que tienen que tomar las decisiones clave y estratégicas cuentan con los conocimientos y la experiencia necesarios para reducir el porcentaje de error a cifras ínfimas. Dicho de otra manera, nos han hecho creer, o nosotros mismos hemos querido creer, que a ciertos puestos solo accede gente brillante con una formación excelsa, cuando realmente esto no es así.
El accidente de Urda es el último ejemplo, pero previamente nos hemos sobresaltado por otras situaciones que, como sociedad, nos deben hacer reflexionar sobre el tipo de país en el que queremos vivir. Este análisis podría hacerse enfangándonos en la guerra entre siglas políticas o de un modo más reflexivo y pensando en el interés general. Evidentemente, me decantaré por la segunda opción.
En nuestra mano está exigir a nuestros políticos que, para la elección de ciertos cargos de responsabilidad, se pida una preparación mínima y específica que permita desempeñar dichas funciones con garantías de calidad. Justo lo contrario de lo que sucede actualmente, cuando los únicos méritos que se piden son la lealtad acérrima al partido o a su líder, o los vínculos personales o familiares con quienes toman las decisiones de contratación.
Da lo mismo dónde pongamos la mirada, ya sea en la política nacional, autonómica o local. Todos conocemos a personas sin preparación alguna o con nula capacidad de gestión que son elegidas para ocupar puestos que no es que les queden grandes, es que ni viviendo varias vidas tendrían la capacidad de desempeñarlos correctamente. No me vale el comodín de que luego, por debajo de ellos, hay personal técnico que es realmente quien toma las decisiones, porque es mentira. Los expertos proponen, pero la decisión final la toma un tipo cuyo único propósito es tener contento a su amado líder y así continuar viviendo de usted y de mí el máximo tiempo posible.
Y así los servicios públicos se van degradando poco a poco, hasta que, por azar o por una serie de coincidencias, nos despertamos de nuestro sueño plácido y pasamos a vivir una pesadilla despiertos.
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