19/01/2026
 Actualizado a 19/01/2026
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Carcamales con barriga. Así nos definía el colega y amigo Javier Cuesta en este mismo medio el otro día a quienes ya no estamos para gimnasias ni dietas y admitimos al hígado graso como compañero de fatigas. Carcamales, vejestorios, matusalenes, carrozas, todos ellos con el significado cultural de «alguien que, a pesar de su edad, sigue activo y lleno de vitalidad.» Lo de la barriga es un apéndice jocoso, y nada más.

¿Y eso, a partir de cuándo? Pues algunos desde que descubrimos, como en aquel famoso poema de Jaime Gil de Biedma, que «la vida iba en serio» ¿Y, eso qué quiere decir? Pues que tanto daba emplear el patrón socialista como el comunista como el puro dominio del capital. Porque, pasado el tiempo, e instalados cada cual en su trono, los resultados no se suelen diferenciar y el llamado pueblo termina sufriendo los desatinos del poder. Eso es lo que han venido a demostrar Putín en su Rusia soviética, con sus andares de ‘Zarevich’ y su desalmado hacer contra la vecina Ucrania, y el muñeco bailarín, Trump, paseando sus amenazas sobre todo aquel que ose levantar la voz.

Sic rebus estántibus (así las cosas) para quienes toda ilusión de cambio viene a constituir un paso en falso y dando por cierto ya «que la vida iba en serio, uno lo empieza a comprender más tarde» y que la única decisión posible es aceptar la realidad e instalarse en la duda del hígado graso (o sease callar). ¿Será eso, o no será? Pero lo que es seguro es que a los poetas y a los ancianos nadie los va a llamar para salvar al mundo para liberarlo de la estupidez. 

Siempre queda la opción de desaparecer; pero, para muchos esa no es una opción. Para muchos la opción es seguir dando la matraca hasta e final. Aunque se sepa fundido a negro, aislado, y olvidado, el viejo anciano, sea poeta o senador, debe continuar cantando su canción. Aunque le tiren piedras a los cristales de su ventana aquellos que han conseguido participar del poder de la mentira y adelgazar.

La sociedad debe aprender a distinguir entre la inteligencia natural y la artificial. De lo contrario queda expuesta a aceptar lo que cada cual dice ser de sí mismo: «Nosotros somos los auténticos progresistas» dicen los que en modo alguno lo son. 

Otros se jactan de saberlo todo; pero callar, a veces, es hablar más alto que los demás. Porque el silencio suele ser un grito de terror. Y la delgadez no siempre es signo de salud; a veces oculta una anemia, léase ignorancia, garrafal.

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