Dirán los libros que el 1 de abril del 2026 despegó el Artemis II del centro espacial Kennedy en Cabo Cañaveral, Florida. Su lanzamiento y amerizaje en el Pacífico, fue retransmitido por la Nasa detallado al minuto. Una misión con cobertura completa durante todo el viaje, que te hace sentir muy inútil al oír claramente la música que despierta a los astronautas, mientras te llega a trompicones la voz del otro lado del teléfono, de alguien buscando esquinas para pillar cobertura, a veinte minutos de León capital. Décadas de trabajo y miles de millones de dólares para sobrevolar la luna y estudiar su cara oculta. Llamadme rara, pero ni los cráteres, ni el eclipse, ni la puesta de tierra han conseguido emocionar a alguien tan terrenal. Resulta todo demasiado abstracto y lejano. Aun reconociendo su mérito y el valor de las fotos conseguidas, da mucha pereza ponerse a comparar una puesta de sol con una puesta de tierra, con la que está cayendo ahí fuera.
Será exceso de realismo, pero esas expresiones de ‘espacio profundo’ y ‘cara oculta de la luna’, me llevan a la España profunda y sus carencias, en la cara oculta de mi tierra. A esos pueblos sin cobertura ni posibilidad de teletrabajo, sin un banco ni un cajero, tan deshabitados como el espacio por carecer de servicios básicos. El proyecto de hacer una base lunar, convirtiéndola en una especie de trasbordo y fonda, para hacer noche de camino a Marte, simula lo que hacemos los leoneses para viajar en el tren de vía estrecha, pero nosotros hacemos el trasbordo antes de empezar el viaje. Un tren con el acceso al centro de la ciudad cortado, al que los pasajeros llegan en un autobús (que sale de la estación de tren). Casi resulta más fácil explicar lo de la nave saliendo de Cabo Cañaveral, los 800000 km en órbita y su amerizaje en el mar, que un viaje de 80 km, de León capital a un pueblo de la España vaciada, en la cara oculta de mi tierra. Esto hablando de distancias y trasbordos, porque hablando de tiempo, también sobran temas para comparar.
Siendo defensora a ultranza de la sanidad pública y con motivos para estar agradecida, a veces no se puede defender lo indefendible. Algún día contaré a mis nietos que pedí consulta para mi médico y mientras esperaba ser atendida, cuatro humanos salieron de la órbita terrestre, rodearon la luna y regresaron. Y les sobraron siete días. Diecisiete fueron necesarios para llegar a un centro de salud, a diez minutos de tu casa, donde dicen no dar abasto, mientras ves que las salas de espera están vacías. Ya no puede defenderse una sanidad en la que un paciente pasa la mañana en un ambulatorio, yendo de puerta en puerta, mendigando un médico de servicios mínimos, ya que el suyo está de huelga. Cuesta creer que después de horas intentándolo, el enfermo acabe en urgencias porque no consiguió ser atendido en su centro de salud. Contaré que ocurrió en una etapa oscura de la historia, en la que hombres disponían de miles de millones para excursiones espaciales, mientras otros hombres esperaban meses para ser operados, para ser vistos por un especialista o hacerse pruebas de vital importancia, por falta de presupuesto para servicios públicos.
En la cara oculta de la tierra también hay presupuesto para otros objetos que despegan, sin ser retransmitido el acto. Es una lluvia letal de misiles, sin que nadie nos cuente dónde aterrizan y con qué música despiertan sus víctimas, si es que hay música para ellos. Sin saberse a quién mataron o qué escuela destruyeron. Misiles de los mismos amos que buscan vida en el espacio mientras matan en la tierra a cara descubierta.
En la cara oculta de la tierra hay un mar muy grande, que siempre es el mismo con distinto nombre, bautizado por fronteras invisibles. El mar en el que amerizan los astronautas rematando el viaje, con cada movimiento programado y el mundo pendiente de que no les ocurra nada. El mismo mar que se traga a otros humanos en el más absoluto silencio, cuando van buscando mejor vida en otra tierra. También ellos acaban el viaje en caída libre, sin que nadie acuda a socorrerlos. De haber sabido lo oscuro y frío que es el fondo de un océano, quizá hubieran buscado futuro en el espacio, que viendo en qué se invierte, tendrían más posibilidades.
Parece que estemos viviendo en la serie Outlander, en un salto permanente de épocas, viendo en la misma parte oscura de la misma tierra, cómo disponen de 93 mil millones de dólares para paseos espaciales, buscando más pasto para alimentar la insaciable codicia de los amos, mientras sus votantes no tienen médico. Pero todo está OK porque dice su Presidente que de financiar sanidad y guarderías deben ocuparse los estados regionales subiendo los impuestos o, en su defecto, que a los niños les cuiden los abuelos como se hizo siempre. Que ellos andan liados. De haber vida en el espacio, que alguien advierta a sus habitantes de que el hombre blanco que envía naves buscando sus riquezas dice andar liado: «Nosotros estamos librando guerras». Que se escondan.