Hace unas semanas una guía ‘online’ publicaba la lista de los mejores restaurantes de carretera de nuestro país. Ponía en valor su producto con habilidad, con ese viejo dicho de «si hay camioneros, se come bien». No le falta razón, todos hemos comprobado en muchas ocasiones la abundante y sabrosa comida casera de los menús que alimentan el día a día de los profesionales que atraviesan España de cabo a rabo. Sin embargo, nadie utilizaría esta guía para disfrutar de una experiencia del cada vez más relevante turismo gastronómico, que podría describirse como vanguardista, sorprendente y sobre todo emocionante. Son ligas distintas si me permiten el símil futbolístico.
Ahora que agotamos irremediablemente el 2018 y se impone el tiempo de los balances, a este León Capital Española de Gastronomía que rebaña los postres le ha ocurrido algo parecido. Desde el inicio renunció a jugar en primera división y se conformó con ser durante doce meses el mesón de la España culinaria. Muchas veces es más difícil aprovechar una buena oportunidad que conseguirla y León no ha sabido darle la proyección necesaria a un evento con mucha marca y poco contenido de calidad. Al buen lema ‘Manjar de Reyes’ le ha faltado programación original, grandes eventos de impacto y una apuesta clara por la innovación que diferenciara la oferta gastronómica leonesa. A los que dedicamos nuestra labor periodística a la indefinible actualidad autonómica nos han llegado destellos esporádicos como el récord Guinness de corte de cecina, apariciones puntuales en prestigiosos medios de comunicación y programas de cocina o alguna visita de primer nivel a lo Ferrán Adriá. Han sobrado actividades rutinarias y nada creativas como las diversas catas multitudinarias o las ferias al uso a las que a pesar de ponerle cariño costaba hacer un hueco en las páginas y en las escaletas una vez cruzado el Bernesga.
León planteó la capitalidad gastronómica mirándose a sí misma en vez de buscar que lo miraran desde fuera. Eso podría explicar la falta de ambición en la mayor parte de propuestas pensadas más para abarrotarlas de leoneses y contentar a todo el sector agroalimentario provincial que para atraer visitantes de otros territorios. Bueno, de Madrid sí que llegaron (a la misma velocidad que se volvieron) en AVE. Unos 520.000 pasajeros, pero solo faltaría que ni siquiera se hubiera logrado ese brutal impacto servido en bandeja y aderezado con fuertes campañas de promoción. Pero si acudimos a las frías estadísticas oficiales de Coyuntura Turística de Castilla y León y cogemos la última disponible (la del mes de noviembre) comprobamos un aumento de viajeros del 8,35% en la provincia de León respecto al mismo mes del año anterior. Así, a dato suelto, no parece malo. El problema es que es la provincia con menor subida y la media autonómica registró un crecimiento del 17,55%. Las pernoctaciones entre enero y noviembre aumentaron un 2,29%, también a la cola solo por delante de Burgos. En el resto de Castilla y León no eran capital de nada. Sin contar que el verano turístico en la provincia de León fue el peor desde 2014 con disminución de viajeros y pernoctaciones.
No son cifras para un año de escaparate nacional o al menos deberían provocar una profunda reflexión sobre la propia gestión y las expectativas generadas por el propio evento. Hizo más ruido la campaña de apoyos para conseguir el distintivo que lo vivido durante 2018. Ni las instituciones ni la propia hostelería han sabido mirar lo suficientemente alto, no supieron soñar y se conformaron con lo posible. León prometió una degustación de Estrella Michelín (y mira que ya tiene dos restaurantes con este distintivo) y ha servido un menú de festivo en el gastrobar del barrio. Y aquí se come bien, de eso nunca hubo duda.
Capitalidad a los postres
27/12/2018
Actualizado a
13/09/2019
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