25/11/2017
 Actualizado a 07/09/2019
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No quiere llover. Los pantanos de España ya no aciertan a conciliar la sed con las grietas, mientras en otros puntos del mundo aguaceros y diluvios inundan y asolan numerosas ciudades, pueblos y aldeas. Nunca llueve a gusto de todos, es cierto. Tampoco llueve donde debe sino donde quiere. La alegría de sol y cielo azul nos ha durado un suspiro, lo que dura el verano. Hace poco visité el pantano de Luna entre la tristeza y el asombro. Su caudal es tan mínimo y alarmante que las ruinas de los pueblos sepultados en su vientre emergen como fantasmas capaces de protagonizar las peores pesadillas. Un paisaje selenítico que hace honor a su nombre, imágenes que recuerdan la Galilea bíblica o un desierto olvidado de Judá. Una sería capaz de imaginarse, ahora que se acercan las fiestas navideñas, a los tres Reyes Magos camino de Belén. Resultaría creíble, cinematográfico incluso. Sin embargo, la simple contemplación de este pantano leonés produce un desasosiego indescriptible. Si nuestra memoria, en una de esas carambolas temibles, lo asocia a los bosques ardiendo del último verano, nos adentramos de lleno en Apocalipsis Now.

Cada mañana, volvemos a observar el cielo y con decepción volvemos a exclamar: Azul. Es un azul claro y limpio, sin complejos. El cielo de León es pastoril y cristalino, un cielo de cuento y paraíso, nada que ver con el de otras grandes ciudades que viven bajo un manto de contaminación.A falta de progreso sostenible derrochamos luz dorada y pureza. Lo peor puede llegar. Si no llueve con frenesí marino, empezarán las restricciones y abrir el grifo ya no será un gesto cotidiano y común, comenzará a convertirse en privilegio. Esperemos que nieve en las cumbres, un deshielo fecundo que regale una tregua al campesino; si nos fallase el campo, tendríamos que hacer malabarismos para sobrevivir entre penumbras. Tendremos que proponernos seriamente cuidar más el planeta y exigir a nuestros políticos un gran consenso para idear un plan hidrológico nacional que pueda afrontar sequías históricas.

Unos rezarán, sacarán de sus templos a las vírgenes implorando esa agua que no llega. Otros sacudirán palos de lluvia, como los habitantes de Isla Reunión.Rituales para desesperados son frecuentes en todas las culturas.Lo que yo les propongo es una solución tradicional, el célebre ‘singing in the rain’ que cantara Gene Kelly o La virgen de la Cueva de toda la vida. Mientras amanezca cantemos, a ver si a fuerza de espantar otros males, espantamos de paso la sequía.

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