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El cáncer como metáfora

12/07/2026
 Actualizado a 12/07/2026
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Uno de los problemas crónicos que viene arrastrando el Partido Popular es el de la comunicación: el de saber explicarse y ‘llegar’ a la gente como algo prioritario. Y en este apartado tan fundamental para la buena marcha de la organización, los asesores de Génova 13 deberían andar más finos con su trabajo y ponerse en la piel de los demás, que son quienes, en el último momento y con su voluntad, dan y quitan. Así lo exige el enrevesado mundo de la política, donde una palabra mal dicha (o mal interpretada en un contexto farragoso) supone una catástrofe. Los cepos se dejan para ‘cazar’ al adversario y no para tropezar con ellos quienes los colocan.

Feijóo lo ha vivido en primera persona con el asunto del absentismo laboral. No ha sabido explicarlo y la ha liado. Porque después, cuando sus escuderos han tenido que salir (obligados) a matizar la intervención de su superior, quedó acreditado que el líder de los populares se había metido en un jardín. Y no tocaba. La materia tiene su historia y debería ser consciente de que en asuntos tan delicados, en debates tan significativos, hay que medirse mucho para no caer en un discurso que, se sabía, iba a ser contestadísimo. Dicho con otras palabras, es darle oxígeno y hasta munición a un Partido Socialista en horas bajas, a pesar de Tezanos.

Ahora bien, al margen de lo que Feijóo quiso trasladar, la utilización del término cáncer («el absentismo laboral es un cáncer que no podemos pagar», afirmó) debería desecharlo en sus declaraciones. De forma definitiva. Ya en su momento el Congreso de los Diputados aprobó una proposición no de ley (PNL) con el objetivo de impulsar «un lenguaje responsable y empático» sobre el uso del controvertido vocablo. Fue entonces cuando el todopoderoso (y a veces arrogante) escritor Pérez-Reverte soltó en X (antes Twitter) una de sus habituales perlas mediáticas: «Me va a regular el uso de las palabras su puta madre». Y eso, el exabrupto, no es el tema. La cuestión se llama sensibilidad. Y acaso solidaridad. Y puede que hasta educación.

En España, en la actualidad, conviven cerca de un millón y medio de personas con cáncer. Unos con el madero a cuestas desde hace años y otros diagnosticados más recientemente. Pero todos y cada uno de ellos unidos en la misma cruzada e iguales aspiraciones: vivir. Cada día que pasa, pedir uno más. Y otro. Y así, cada noche al acostarse y rebobinar la jornada, la penitencia se torna esperanza, aliviada en parte por los avances médicos. Pero ¡ojo! no solo sufren los enfermos la maldita dolencia en exclusividad. De igual manera y salvo excepciones –que las hay– la familia y los más próximos al proceso también pasan, con el corazón encogido, un calvario y una angustia constante.

Atendiendo a esta situación indeseada, resulta razonable pedir –porque exigirlo es empresa baladí– que la palabra cáncer deje de utilizarse en vano para todo aquello que no sea consustancial con la propia enfermedad, y nunca como desafortunada metáfora -sea cual sea el contexto- para explicar una situación política. Los enfermos y sus allegados merecen algo más. Merecen un respeto. 

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