23/07/2026
 Actualizado a 23/07/2026
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España es de nuevo campeona del mundo de fútbol. El gol de Ferrán hizo justicia y alegró el alma de millones de españoles que se olvidaron, durante cuarenta y pico días, de la inflación, de los escándalos políticos y del calor. Como dijo Miriam el lunes, sacando dos botellines de Estrella de Galicia de la nevera, «¡tenemos dos estrellas!». Viví el partido en mi pueblo, como debe de ser, y escuché el gol porque los que estaban en el bar soltaron un berrido que se tuvo que oír en Gradefes lo más cerca. Fue un grito de liberación, de alegría exultante, de comunión entre todos los habitantes de Vegas. Supongo que algo similar ocurrió en cada rincón de España y era lo que tocaba en ese momento. Pero yo fui feliz oyéndolo en Vegas, uno de los pueblos que componen la «España vaciada», una expresión inventada por un juntaletras absolutamente sobrevalorado y que me parece un desafuero, un error de bulto. Y lo intentaré demostrar en las siguientes líneas. Las dos Castillas, Aragón (exceptuando la isla de Zaragoza, la cuarta ciudad más poblada del país), Extremadura y casi todas las provincias del interior de Andalucía son un desierto demográfico. ¿Por qué?; la respuesta es sencilla: que se lo pregunten a los distintos gobiernos que hemos padecido, desde los tiempos del General hasta hoy. 

Todos apostaron por Madrid, el arco mediterráneo y el norte, sobre todo por las Vascongadas y Navarra. Los motivos por lo que lo hicieron fueron espurios y mayormente egoístas: había que tener tranquilas a las regiones levantiscas, esas que querían abandonar el barco de piedra que decía Saramago. Y cuando llegó el rollo de la Unión Europea, definitivamente todo se fue a la porra: España debía de ser el país de vacaciones, el lugar dónde todos los europeos pudiesen relajarse a buen precio. La agricultura y la ganadería (que, sobre todo, estaba en las regiones antes mentadas), sobraban, como la minería. A León, por supuesto, todos estos recortes le pillaron de pleno. Somos, hoy en día, un erial, un solar lleno de escombros del que los jóvenes huyen como de la peste. Pero, con el paso del tiempo, resulta que los que abandonaron esta tierra porque no les quedaba otro remedio, a la que pueden, vuelven casi casi en aluvión. Lo sé por mi pueblo, empezando por un servidor, que ha vuelto a acoger, en la etapa final de la vida, a muchos de os que no tuvieron más remedio que largarse.

También sé que Vegas es un caso especial: tenemos médico, farmacia, bar, cuartel de la Guardia Civil, escuela y guardería, una piscifactoría que da trabajo a cinco personas del pueblo y, sobre todo, estamos a veinte minutos de León, mucho menos tiempo de lo que tarda uno de Pinto en llegar a Madrid. También sé que Vegas es un caso especial, para nada comparable a, pongo por caso, cualquier pueblo de la comarca de Riaño, la Cepeda o la Cabrera, porque quedan en «casa Dios», comidas y bebidas. Lo que quiero decir es que uno está encantado de vivir en la «España vaciada» y que, a estas alturas, no lo cambiaría por nada del mundo; y no soy el único. Estoy convencido que uno de Valtuille o Castropodame piensa lo mismo que un servidor: todas las ventajas que tiene el vivir tranquilo en un pueblo y a quince minutos de una ciudad con todos los servicios que tiene una urbe con mayúsculas. Porque lo que distingue a España de cualquier otro país es que la vida comunal todavía existe: aquí, a la mínima, ayudas a tú vecino, porque es tu hermano casi de sangre; porque, cuando llegas al bar, no necesitas pedir, porque Jose, Mónica o Miriam te ponen el café sin preguntar que tomas, porque José Luis, el médico, es sobre todo tu psicólogo de cabecera, porque tus amigos de toda la vida hacen contigo el crucigrama y porque toda esta gente a la quee quieres se mete contigo a cuenta del bueno de Unai Simón, no porque sea malo (qué para nada lo es), sino porque te están tocando los cojones porque para ti es el mejor portero del mundo mundial y lo único que quieren es tomarte el pelo, aunque, en mi caso, es tarea imposible ya que parezco un melón de Villaconejos. El caso es que, le pese a quién le pese, España, incluso la vaciada, es campeona del Mundo. Salud y anarquía.

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