Después de meses de encuestas, mítines y promesas, uno no sabe si lo de que la campaña electoral en Castilla y León comience realmente este viernes suena más a tortura o a vacilada. Con los políticos ha sucedido algo parecido a lo de las rebajas: se han liberalizado y ahora se pueden encontrar sus pares sueltos, sus tres por dos y sus liquidaciones por cierre más allá de los períodos que de manera tradicional se reservaban a tal efecto. Campaña sobre campaña y sobre campaña una.
Esta matraca, la campaña permanente, es el estado natural de la política actual, con el zasca como argumento y el mensaje simplificado como mejor programa electoral. La gestión, más adecuada o menos, ha pasado a un segundo plano y la nueva generación de políticos se ha ido convirtiendo en una bochornosa suerte de personajes que bien podría haber interpretado Robert Duvall: unos ‘consiglieri’ Tom Hagen, de la saga ‘El Padrino’, o aspirantes a teniente coronel Bill Kilgore, de ‘Apocalypse Now’. De hecho, algunos candidatos serían capaces de representar estos papeles mejor que el actor fallecido la semana pasada, convertidos ya en auténticos correveidiles de organizaciones cuasimafiosas o en incendiarios del debate público a los que les gusta ‘el olor a napalm por la mañana’. Ambos perfiles son los que acostumbran a medrar en unos partidos que tienden a castigar al moderado, al buen gestor o al que prioriza los intereses de quien le elige por delante de los de unas siglas.
PP y PSOE afrontan esta campaña electoral ofreciendo y comiendo nueces, en su habitual competencia por cuál de los dos se ha caído del nogal más alto. Los populares llegan con cuatro décadas en el poder autonómico en las que no han sabido revertir el evidente desequilibrio entre las dos regiones y los socialistas demostrando su manifiesta inutilidad al tampoco ser capaces de hacerse en todo ese tiempo con una Junta, con frecuencia, un tanto indolente.
Por su parte, las otras dos formaciones que apuntan a representar a los leoneses conciben una campaña centrada en lo que mejor saben hacer: UPL llorando y Vox odiando. Los leonesistas demuestran cada día su torpeza como gestores en el tercer municipio de la provincia y como socios de gobierno en la Diputación, mientras que los de la extrema derecha dejaron la Junta a la mitad de un mandato que solo mejoró para León y para todos cuando ellos salieron. Con las alternativas de izquierda reveladas como una estafa piramidal y el centro como una utopía o una bisagra que seguimos sin saber cómo alcanzar, las próximas semanas se antojan… ¡Qué pereza! ¡Qué pereza hasta tener que acabar la frase y esta columna!
No les compra nadie. Ni en rebajas. Es probable que la política autonómica no haya alcanzado los niveles de vergüenza ajena de la nacional, pero se afana en imitarla con las maneras cutres y casposas de una televisión local. Se podría decir que su melodía machacona está de vuelta, pero solo en el caso ya imposible de que se hubiese llegado a ir. Ahora solo ha subido el volumen para atronar con su ‘campaña sobre campaña’. Al menos si fuese un villancico solo habría que aguantarlo una vez al año…