Supongo que, a la lectura del título, ya más de un allegado se habrá preguntado: ¿más todavía? Pues sí, y de ahí que le haya añadido también el viviré, futuro meramente indicativo y sabido imperfecto. Acentuar mi lentitud aún más en todo lo que pueda, lo sentí preciso cuando, conversando sobre mi futura jubilación,me recorrió un profundo escalofrío después de decir: «sigo descontando días hacia la posesión del tiempo». Sí, fue decirlo y sentir un estremecimiento, como una gran sacudida sísmica de la más profunda y sabia conciencia, ante la soberbia barbaridad que acababa de pronunciar y, por más que lo que yo quisiera decir fuese «descontando días hacia la disponibilidad del propio tiempo» –obviamente incierto e imposible de cuantificar–, se proyectaron ante mis ojos los rostros de todas las personas, amigas o no, afectadas por las bombas achaque que, cayendo cada vez más cerca, y cuando no destructivas, arrasan cuantas ilusiones, esperanzas, proyectos y bienestares encuentran a su paso, instalando en los infortunados esa angustia y sufrimiento tan inhumanamente humanos. Sí, por mi conciencia pasaron los luchadores, los resistentes, los vencidos y hasta los rendidos en esta guerra desalmada y despiadada que, a veces, es el vivir. A todos pedí íntimo perdón por mi soberbia, exceso de optimismo o, acaso, inconfesado deseo o ansia de eternidad.
Mas no. No era eso. No va más allá la cosa de que, con indeseada frecuencia, llega uno a la noche, a sus apuntes de contabilidad vital, con la sensación de que, durante el día, la vida, el vivir lo ha llevado de un lado a otro como sin propio consentimiento o consciencia, que lo ha arrastrado, sin ser uno mismo el que la condujese a ella con clara conciencia de la ruta y destino elegidos y uno anota: día fugado. Y recuerda a Hamed, marroquí que vivía en Barcelona, y decidió volverse a Khorbat el día que se sorprendió cruzando un semáforo de La Rambla a toda prisa cuando él no iba a ningún lado ni tenía prisa alguna, sólo paseaba.
Carl Honoré, en su ‘Elogio de la lentitud’ escribe: «vivir deprisa no es vivir, es sobrevivir. Nuestra cultura nos inculca el miedo a perder el tiempo, pero la paradoja es que la aceleración nos hace desperdiciar la vida». Y es que la prisa, aun simule eficacia, aturde y el atarantamiento nos impide descubrir los tesoros que muestra y regala, a veces saltando a nuestra vista, la vida. Ensancharé la conciencia del tiempo y el vivir. Miraré, caminaré, viviré despacio. Ignoro si más. Sé que mejor.
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