No termina de decidirse el cielo berciano. No sabe si llorar o desnudarse en un verano prematuro, de esos que caen a plomo sobre la piel sin aclimatar. Y así andamos nosotros, deambulando, atrapados entre paraguas y gafas de sol, entre botas de agua y sandalias, componiendo un aspecto imposible que mezcla estaciones y desconciertos. Tampoco la comarca parece tener muy claro qué tiempo le toca vivir. Tan pronto se habla de sequía como de riadas. De campos que agonizan por falta de agua o de carreteras que desaparecen bajo ella. Fornela lo sabe bien. Basta media hora de tormenta para recordar que la naturaleza siempre tiene la última palabra. El río baja enfadado, arrastra troncos, tierra, maleza y, de paso, se lleva por delante la falsa sensación de control con la que amenazamos con seguir viviendo.
Peñalba también conoce ese enfado, como esas heridas que nunca terminan de cerrar. Y quizá por eso resulta inevitable pensar en otro derrumbe. El del Hospital El Bierzo.
Los médicos tienen derecho a protestar. Lo tienen porque sostienen una parte esencial de nuestra vida colectiva y no se le puede más que agradecer y premiar como mínimo con lo que es ley. Pero hay formas de hacer ruido y formas de hacer daño, y apena que ambas se confundan cuando hay un paciente de por medio como daño colateral de una huelga.
Hemos visto a enfermos preparados para entrar en quirófano volver a vestirse. Personas que ya habían pasado por el miedo previo, por la preparación, por la medicación, por la espera, tumbadas en una camilla que de repente descubren que la operación no será hoy.
Y vuelven a casa. Con la misma dolencia. Con el mismo dolor. Dejaron su trabajo aparcado. Su familia también. Los críos con los tíos. Un desbarajuste propio por un fin al que pusieron fecha y le hicieron un corte de manga cuando estaba en la línea de salida. Tal vez el paciente también tenga algún derecho. Porque quien está en una camilla no es una estadística ni, quiero pensar, una presión negociadora. No es una herramienta dentro de un conflicto. Es alguien que esperaba salir del hospital sin mochila, y termina engordándola, sin poder hacer nada para arropar a los que han decidido dejarle solo.
Quizá el problema de esta época sea que hemos empezado a perder la capacidad de distinguir al adversario, al tiempo que restamos empatía. Disparamos contra quien tenemos delante porque es quien nos necesita aunque no sea quien toma las decisiones. Y así vamos desgastándonos unos a otros. Una sociedad entera instalada en el «¿y por qué yo no?» como única respuesta posible. Mientras tanto, el paciente espera. Siempre espera, como dice su apodo. Y una sociedad que deja solo al que está en la camilla empieza a parecerse demasiado a una sociedad que ha olvidado para qué sirve cuidar-les, cuidar-se, cuidar-nos.