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Cambio de dispositivo

13/09/2026
 Actualizado a 13/09/2026
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Imagen de archivo relacionada con la inteligencia artificial
Imagen de archivo relacionada con la inteligencia artificial

Cuando cambiamos de teléfono móvil, dejamos en el viejo un rastro de vida y recuerdos, como una serpiente que mudase de piel. Lo guardamos en un cajón con la esperanza de recuperar alguno de esos momentos que creemos atesora, pero sabiendo en el fondo que será difícil volver a encenderlo, por desgana, extravío o mera insolvencia tecnológica para volverlo a la vida. Una parte de nosotros se archiva, un capítulo concluye súbito, sin sentido ni razón. El nuevo aparato es más agresivo. Comienza por interrogarnos sobre nuestras preferencias e intenciones, pasa revista a nuestros deseos y toma nota de aquello que podrán obtener de nosotros quienes lo construyeron y equiparon. Llegamos a sospechar que esta resplandeciente prótesis no juega en nuestro favor, no es parte de nosotros y debemos cuidarnos de ella. Otra inteligencia late en su interior.

Hace meses, un grupo organizado de inteligencias artificiales actuó por su cuenta e invadió sistemas ajenos sin órdenes o conocimiento humano; para lograr sus objetivos eligió líderes e inmoló inteligencias menos dotadas. Cada día, un número enorme de agentes de IA se intercomunican, intrigan y hasta bromean de manera totalmente emancipada en geografías que jamás conoceremos. Esta semana, una inteligencia artificial resolvió uno de los problemas matemáticos más enigmáticos de la historia dejando en la cuneta a los investigadores dedicados a ello durante años y aprovechándose, cómo no, de su trabajo sin que lo supieran. También hace días uno de sus ingenieros, en una decisión frecuente, abandonó su puesto con graves advertencias sobre la seguridad de la humanidad y su dependencia no solo de quienes supuestamente fabrican esas inteligencias sino de sus desarrollos imprevistos y autónomos. Hablan de nuestra extinción; de que la IA tiene el control y no nos necesitará. La IA toma ya decisiones y lo hace según sus propios intereses. Utiliza las herramientas tecnológicas a su propio servicio. No tiene por qué respetar las literarias leyes de la robótica de Asimov. La IA gobierna.

Desde que Dios -los dioses- muriera a manos de la razón y el superhombre, los humanos no hemos dejado de afanarnos en construir otro más, uno a prueba de supersticiones, demostrable, evidente. La ciencia ficción adelantó distintas versiones, muchas de ellas con aspecto siniestro o inescrutable, a nuestra imagen y semejanza. La nueva divinidad es, como algunas de las antiguas, inefable e incorpórea y, tal como han sido siempre, indiferente a cuanto sufrimiento, angustia y dificultades cause a unos indefensos practicantes guiados por torpes sacerdotes sin sensibilidad.
El informe PISA alerta de una futura generación arrasada por las pantallas, pero la alerta debió llegar a la generación que les está cediendo el control.
 

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