«¡Camarero...!»

06/06/2026
 Actualizado a 06/06/2026
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Suceden cosas curiosas en la calle López de Fenar. Empezando por su nombre, del que todavía no tengo claro si lleva zeta o no. Siguiendo por sus oriundos, que pasan el rato paseando, entrando y saliendo de casa, yendo y viniendo de trabajar. Hasta aquí, quizá, el adjetivo ‘curioso’ podría resultar una hipérbole. Pero la esencia habitual que habitualmente se encuentra en todas las calles, con sus gentes que pasean y salen y entran de casa yendo y viniendo de trabajar, es la que sostiene sus particularidades. Sin aquellos cimientos, sin la firmeza de ese tronco, no hay copa de árbol de la que pueda salir fruto alguno.

En este caso son varios. El hecho, por ejemplo, de que en los ciento cincuenta metros de calle haya cinco bares. O lo que es lo mismo: uno por cada treinta metros, como en una muestra de en lo que, en líneas generales, consiste esta ciudad. En uno de ellos, La Herradura, la música se oye en los paisanos que cantan, casi siempre las mismas canciones, a altas horas de la noche. Allí, además, celebran el Día de las Velitas y te invitan a pedir un deseo sin importar si te conocen o si no. Ah, en otro de cuyo nombre no me apetece acordarme, que no sé escribir por haberlo tuneado del todo la modernidad, tan pronto te sirven una birra como te cortan el pelo.

Está también Susana, la de La Morenica, tan solícita como querida. Siempre con cola, siempre deprisa, siempre con un comentario a caballo entre dulce y socarrón. En pandemia fuimos muchos los que bajamos a comprarle pan o leche o fruta o lo que fuera. Yo llegué a pasar más de dos horas esperando mi turno, en una de esas situaciones tan límite que ni siquiera nos importaba esperar. Mientras, el regente del taller, siempre con curro, resulta ser el hermano perdido de Rocky Balboa y ‘Gonna fly now’ suena en mi cabeza cada vez que paso por delante. En Navidad, las luces la pagan a escote los de los comercios. Como la calle no tiene la categoría de «centro», la iluminación festiva no la llega a alumbrar. Es lo que tiene la condición de fronterizo, que también convierte a Lope –¿López?– de Fenar en una zona de tránsito.

Por ahí pasaron este jueves un grupo de chicos jóvenes que, de madrugada, creo que cerrada ya La Herradura, cantaron aquello tan atemporal de «¡Camarero...!». Y cantaron y cantaron. Y se les acabó el repertorio. Lo siguiente fue «Pucela, capital de Senegal» y supe que la cosa iba a ir a peor. El vaticinio no evitó mi estupefacción cuando la proclama venidera resultó ser «¡Pedro Sánchez, hijo de puta!».

¿En qué momento el «¡Camarero...!» ha terminado derivando en esto que huele al partido que se va a hacer cargo de los Servicios Sociales de Castilla y León?¿En qué momento la adolescencia se ha visto ensombrecida por la política sucia?¿En qué momento los juegos, las primeras noches de fiesta, se han convertido en ocasión de abanderar lemas problemáticos de un partido que yo, desde hoy, me niego a nombrar? Al escucharles, me levanté a mirar y les vi a todos, vestidines iguales, copa en mano, y hasta me compadecí. También me dije a mí misma que esas estupideces no iban a hacer de esta calle una menos curiosa, menos bonita o particular.

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