En sociedades tan envejecidas como las occidentales, que idolatran valores asociados comúnmente a la juventud como la fuerza, la independencia o el desenfreno sexual, y que están obsesionadas con la eficiencia y la productividad, no es extraño que haya comenzado a escucharse y leerse cada vez con más frecuencia en la conversación pública la palabra «edadismo»: un despojar a las personas mayores de deseo propio, de capacidad de decidir por sí mismas, como si, una vez arribadas a los últimos compases de su existencia, hubiesen renunciado a esa aspiración tan humana de tener una buena vida, signifique esto lo que signifique para cada cual. Para María Ángeles, la protagonista de ‘Calle Málaga’ a la que interpreta Carmen Maura, una española de 79 años en pleno uso de sus facultades mentales y físicas, que vive sola en su casa de siempre en Tánger, esa aspiración adopta la forma de una sobria cotidianeidad, bellísima en su sencillez: hacer la compra en el zoco y charlar con los vendedores, a los que sabe poner nombre porque los conoce de toda la vida, volver a casa, preparar la comida, regar los geranios rojos que adornan su pequeño balcón y sentarse en su mecedora a escuchar a María Dolores Pradera en su tocadiscos. Rodeada de sus muebles viejos, bañada por la luz cálida del norte de África, habita su soledad con una serenidad que no es renuncia a la vida, sino sabia celebración de la misma, difícil de no envidiar desde el frenesí que define nuestro tiempo.
Nada de eso parece importarle a su hija, que irrumpe en la tranquilidad de los días de su madre para anunciarle que va a vender el piso de Tánger y que tiene apenas una semana para abandonarlo. Desahuciada por alguien cercano que actúa como un desconocido que no entiende ni quiere entender la violencia que supone despojar de todo a una persona que, aun acercándose al final, sigue teniendo mucho por delante, María Ángeles se niega a rendirse, a desertar obligatoriamente de la vida antes de tiempo. En su rebeldía —en la mentira al director de la residencia de ancianos para españoles de Tánger, en la relación que inicia con el vendedor de antigüedades que se ha hecho con todos sus muebles, en la idea de montar un bar en su propio salón para ganarse un dinerito que le permita recuperarlos— se afirma una voluntad de vivir que se niega a extinguirse y que enfrenta el edadismo más cruel: el que proviene de la propia familia.
La directora marroquí Maryam Touzani, que ya había explorado los prejuicios de su país contra las madres solteras en ‘Adam’ (2019) y contra la homosexualidad masculina en ‘El caftán azul’ (2022), construye aquí una película vibrante, mucho más compleja de lo que su aparente ligereza —casi como de comedia romántica— podría sugerir. Y rescata, de paso, un episodio muy poco conocido de la Guerra de España, el del exilio de tantos republicanos en Tánger, convertido en la película en espacio de memoria y arraigo, de casas que guardan vidas enteras, de tumbas deterioradas por el paso del tiempo que reclaman unas manos que las reparen y que depositen flores. En el pasado, parece querer decirnos la película a través del mimo con el que la protagonista cuida el suyo propio, reside todo lo que somos, especialmente cuando se carga con más recuerdos que esperanzas. La decisión de la hija de deshacerse de la casa de su familia puede leerse, en este sentido, como metáfora de la desmemoria de España respecto al exilio republicano. María Ángeles encarna entonces una forma de resistencia que consiste, precisamente, en recordar sin dejar por ello de habitar el presente y de mirar hacia delante, aunque sea desde una mecedora, mientras suena la voz de María Dolores Pradera: «Toda una vida / Me estaría contigo / No me importa en qué forma / Ni dónde, ni cómo / Pero junto a ti».