Habíamos perdido la esperanza, pero esta semana el otoño no se atrevió a instalarse al encontrar al verano en plena calle, sin hacer el equipaje. Eran decenas de miles de personas brillando, con la empatía en la mano y el grito en la boca, encarándose con la injusticia. Qué falta nos hacía una imagen como ésa. De repente la vida se tiñe de verde y retrocede siete décadas. Una joven cruza la calle, hoy centro de todos los focos, hacia un mundo que aún era inocente, cuando vivíamos, como dice Joan Margarit, «en calles a las que les sentaba bien un nombre como el de las Camelias». Y por un momento vimos en esa calle el ‘No a la guerra’ y las manos blancas alzadas, contra el terrorismo armado. Vimos a Mahsa Amini, la joven kurda de 22 años que murió un septiembre por enseñar un mechón de pelo, y el mundo se echó a la calle, convirtiéndola en el símbolo de la lucha por los derechos humanos. Sucesos que solo tienen en común las palabras ‘injusticia’ y ‘símbolo’ y el nombre de una víctima uniéndolas. Todo eso hubo estos días en la que vamos a llamar calle de las Camelias, imitando al poeta.
Ya es otro septiembre. La joven tiene 87 años y ahora cruza la calle sobre una camilla, semicubierta por una sábana y con las ojeras de 7 años de lucha. Se llama Maricarmen, dicho todo junto, como abrazándose a sí misma, convertida en símbolo de los desahuciados. No por ser el peor de los casos. Simplemente fue la gota que colmó el vaso, que hizo a la gente decir basta, calzarse y salir a la calle, harta del maltrato institucional, del abuso de poder de quienes ponen sus vidas en venta, sin escrúpulos de ninguna clase. Y hartos de los buitres que las compran, sin ninguna clase de escrúpulos.
Ya descubrimos la importancia de tener un nombre y por qué pretenden deshumanizarnos.
Maricarmen, todo junto, significa desahucio, esa palabra con corteza dura y sabor amargo. Por eso, hay quien no quiere nombrarla y se refiere a ella como un caso más, de los 25500 de cada año, sin nombre ni cara, para que no afecte tanto y no se inunden las calles de protestas, entorpeciendo el negocio. Ahora sabemos que la unión hace daño a los buitres.
Y nosotros creyendo que el peligro estaba en Ceuta. En los que llegaron con bermudas y chanclas, a quitarnos la llave de casa y ocupárnosla. Y nos dijeron que eran ellos la principal preocupación de los ciudadanos. Quizá entendí mal la noticia con la que han emborronado el verano. Ahora resulta que no son ellos los que roban hogares, con dispositivos policiales más apropiados para desactivar una banda armada, que para sacar a una anciana de su casa. Diez furgones y decenas de policías, tamaño armario de tres puertas, repartiendo golpes y empujones sin fundamento, entre quienes intentaban impedir un desahucio tan injusto, que hasta el relator de la ONU pide explicaciones.
En el último capítulo, antes de enviar la columna, los buitres salieron de la cueva, dispuestos a entregar la presa al Ayuntamiento de Madrid, para resolver el problema «en el mayor plazo posible», después de 7 años maltratando a una anciana y rechazando todo tipo de ofertas. Pero el Ayuntamiento no lo acepta, alegando problemas que da pereza explicar. Nadie quiere la pelota en su tejado. Saben que estamos despiertos, siguiendo el partido sin perder detalle. Estamos que lo tiramos. Ahora nos sobran un ático y un hogar robado, de los que no saben cómo deshacerse. Ya que estamos legislando, sería bueno que, a partir de ya, en cada desahucio sean tan públicos el nombre de la víctima, como los datos de la cueva y de los buitres que la habitan. Parece que funciona y no les gusta, acostumbrados a destrozar vidas con la impunidad que dan el anonimato y la oscuridad de sus toperas. Porque también actúan como esos otros bichos de pelaje oscuro y excelente olfato, que destrozan el suelo que pisamos, tan voraces que comen cada día cantidades superiores a su propio peso. Quizá debería saberse quién llevó a Olga al suicidio, hoy hace 20 días. Quién dejó esta misma semana a un hombre y a su hijo a la intemperie de Vallecas y a una familia con 2 niños, en Vitoria. Que se vigile de cerca a la bandada que ha comprado un bloque en Erandio y están sacudiendo el árbol sin piedad, para que135 familias abandonen el nido, capaces de poner a la venta la casa de dos octogenarios, con ellos dentro, porque ayer se les acabó el contrato. Son una raza muy peligrosa, que devoran seres vivos. Los que sobrevuelan las peñas de mi pueblo son más nobles y solo comen animales muertos.
A Maricarmen no le duelen la casa y sus ladrillos. La herida irreparable es perder el hogar, que eso es otra cosa. Hogar es el cazo de calentar el desayuno. Es el butacón de rayas en el rincón de matar las horas. Es su tazón favorito y la toalla beige bordada, la más suave y gastada. Duele solo imaginarlo. Por eso, nos quedamos con ella, desahuciados todos, hasta tener nuevas noticias, porque según Joan Margarit, el de la calle de las Camelias, «una herida es también un lugar donde vivir».
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