Imagen Juan María García Campal

Callado, sí; apolítico, no

28/09/2016
 Actualizado a 14/09/2019
Guardar
Me pican amigos diestros con que –sabiendo, amén de mi gusto por la cosa pública (si pongo ‘res publica’ igual alguno se me realza aún más), cómo respiro o hacia dónde basculo– estoy muy callado con respecto a las cuestiones políticas de la Nación. Sí, son ellos muy finos cuando las tienen todas, o casi, consigo. Cuando no, les sale un cierto tono altanero, tipo partido grande tirando a único, que no les tengo en cuenta, más que nada, porque es de lo que más les irrita: que los mires y escuches en silencio, con semblante tal que vieses un ‘sketch’ del zafio Mr. Bean. A lo sumo, esbozar una ligera sonrisa lastimera, que venga a ser como una cita ratzinguiana –con perdón por la fuente trampa– tipo: "La verdad (aunque les suene poco el término) no se determina mediante el voto de una mayoría". Suelen, entonces, acomodarse ellos,o intentarlo al menos, y yo procuro, la verdad, no entrar al trapo, porque también esto, aunque a veces los llame a seguir picando, otras, les hace amansar el envite por si errados fueran en su incitadora exaltación.

De ahí que escriba, hoy, aquí, por si más extrañados hubiera, de las causas que me llevan a este silencio sobre las cuestiones políticas de vario espacio competencial. Y ello, previo exige aclarar que lo que este opinador –como gusta decir este periódico– aquí publica ni tuvo ni tendrá nunca propósito proselitista alguno. Ya todos mayores de edad, aunque quepa duda. Como para hablar del barrer tiene uno la casa. Mis artículos no son más que libérrimo ejercicio del derecho de opinión, unido, eso sí, a mi gusto por la escritura. Y siempre, tal hoy, con reserva del soberano derecho a la contradicción. Cadena, ni la de la coherencia. Cizalla, la razón.

El día que los partidos acorten su distanciamiento de la realidad social que percibo; el día que los políticos, salvo excepciones, dejen de comportarse como profesionales que pugnan por hacer carrera con o en los poderes; el día que la acción política de unos y otros sea algo más que la ejecución del humano vicio de querer mandar, más pareja, casi siempre, al propio medrar que a la mejora de la vida de las personas por cuyo mandato se hace: ese día volveré a opinar de política patria. En tanto, permítaseme seguir a mi aire, dedicado a las rupturas y reformas que mi íntima y permanente construcción como ser humano exige; y, apartidista que no apolítico, militando, eso sí, en pro del mejor y más elevado programa político que conozco: la Declaración Universal de Derechos Humanos. Amén.

Añadir La Nueva Crónica como fuente preferida de Google de forma gratuita

Mantente informado con las últimas noticias de actualidad.

Activar ahora
Lo más leído