A veces el calendario te regala ciertas coincidencias que a uno le hacen pensar seriamente si son fruto del puro azar o si hay algo inexplicable que no somos capaces de entender y que va entrelazando unos hechos con otros que, vistos a posteriori, parecerían salir de un guion cinematográfico.
El viernes 16 de octubre estuve en la Universidad Pública de Navarra porque se proyectaba mi documental sobre el terrorismo ‘Memoria revelada’. Tras la proyección compartí un coloquio con el presidente de la Asociación de Víctimas del Terrorismo de Castilla y León, Sebastián Nogales, y respondimos a las preguntas del público. Una de ellas hablaba sobre la violencia de los extremos ideológicos y, en un intento, no sé si deliberado o accidental, de blanquear el pasado de EH Bildu, un asistente comentó que sus dirigentes habían pedido perdón «a su manera» por el sufrimiento provocado por ETA. Evidentemente, mi respuesta fue rotunda al respecto, porque detrás de esas tres palabras se esconde la verdad. Pedir perdón por las consecuencias del terrorismo no admite un «a su manera». Si aceptamos que eso es válido en el plano ético y moral, nuestra sociedad estaría más que enferma, y me niego a que mi hija viva en un país donde se pretenda justificar lo injustificable.
Al día siguiente, el sábado 17 de octubre, la Ertzaintza detenía en Irún a dos personas vinculadas con sectores radicales de la izquierda abertzale. Al parecer, querían llevar a cabo acciones violentas en un intento de retomar la barbarie provocada durante décadas por ETA. Si a esto unimos las alertas que desde hace años vienen dando las asociaciones de víctimas del terrorismo y las propias Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado sobre la radicalización de ciertos sectores de la sociedad vasca y navarra vinculados a la extrema izquierda, alertas que nos recuerdan la falta de libertad que durante años imperó en esas dos comunidades autónomas, habrá que esperar para ver si lo de estos detenidos es un caso aislado o es el principio de algo que pretende socavar de nuevo nuestra democracia.
Pero es que tres días después, el 20 de octubre, celebrábamos el aniversario del anuncio del cese definitivo de la violencia de ETA. Ese mismo día, quince años antes, vimos cómo tres encapuchados anunciaban el final de algo que nunca debió existir, pero que muchos se empeñaron en alimentar, convirtiéndose en cómplices necesarios.
Estas coincidencias nos sirven para recordar que acabar con la violencia no basta si se conserva la coartada, se blanquea el pasado o se vuelve a sembrar el miedo.
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