Desconozco el momento exacto en el que decidimos pisar a fondo el acelerador de la vida, pero desde ese instante no hemos querido o no nos dejan, vete tú a saber, levantar un poco el pie y reducir la vertiginosa velocidad que nos engulle. Sí, vamos más rápido, pero lo que no tengo claro es hacia qué destino. Lo que cada vez veo de manera más nítida es que va a llegar algún día en el que vamos a despeñarnos por un precipicio en una de las curvas que nos obliga a tomar la vida.
Vivimos tan rápido que hemos perdido la noción de la realidad. No somos capaces de destinar más que unos pocos instantes de atención a lo que acontece a nuestro alrededor, ya que somos presas de impactos continuos. Algo que parecía de vital importancia ayer, hoy queda en un segundo plano y mañana ya es un vago recuerdo.
Los que tienen un afilado colmillo político pensarán que me estoy refiriendo al desmoronamiento del castillo de naipes de la corrupción que asola nuestro país, compuesto por cartas en las que podemos encontrar chistorras, prostitutas, fontaneras, joyas, oro y petróleo, pero se equivocan. Prefiero dejar de lado esta parte mugrienta y despreciable que tiene la política para fijarme en la culpa que tenemos los ciudadanos al dejarnos manipular y convertirnos en imbéciles de memoria muy corta. Me van a entender el porqué de mi pesimismo.
No sé si recordarán, quizás ya no, pero hace unos pocos meses casi cincuenta personas perdían la vida en el accidente ferroviario de Adamuz. Unos días antes, el inquilino de la Casa Blanca sacaba por las bravas al dictador Maduro de Venezuela. Hace un año y medio, más de doscientas personas fallecían a causa de la Danaa que asoló Valencia. La población civil de Gaza lleva ya casi tres años siendo aniquilada por Israel. En 2022 Rusia invadió Ucrania, iniciándose una guerra que sigue destrozando vidas a día de hoy.
Y así podría seguir retrocediendo en el tiempo, fijándome en hechos que son históricos y que deberían habernos obligado a detenernos para analizarlos concienzudamente, pero que lo único que nos provocaron fue cierta atención hasta que velozmente nos encontramos la siguiente curva, y así una tras otra, convirtiéndonos en borregos que deambulan por una carretera que no sabemos hacia dónde nos llevará. El destino lo desconocemos, pero lo que es evidente es que no tiramos del freno de mano para poder observar, entender y actuar en consecuencia.
No se olviden de que, cuando nuestro cerebro esté ‘calculando ruta’, tenemos dos opciones: escoger el camino de vivir rápido o el de pensar despacio.