Allí estaba, cuidadosamente resguardado, dentro de una funda negra impecable, impoluta. Su tesoro. Él me lo había confiado para que se lo guardase antes del concierto en el Auditorio. Dudó hasta el último momento. Sí-no. No sé. Quizá pensara… no es cosa que organicen los míos…
El enorme instrumento, aunque era más bien ligero, reinaba contundentemente, adueñándose del espacio de la habitación de mi casa. Me recreé en su contemplación. Me di cuenta de que estaba contemplando algo más que un instrumento. En manos de una paya. Un gesto de confianza. Una esperanza. Un símbolo.
Su joven dueño, aún receloso, se incorporó, en el escenario, al resto de la orquesta del conservatorio, que quiso contar con él. El joven, tras las clases de la mañana, se había quedado comiendo con sus compañeros de instituto, desde donde se desplazaron andando al Auditorio. Y los espectadores, pudieron escuchar, entre el resto de instrumentos, el sonido de un cajón flamenco en la corte de la orquesta sinfónica golpeado por dos manos blancas, ágiles, golpes cálidos que emulaban el sonido de tacones, el chasquido de las palmas. «No me hagas fotos», me pidió, y acaso le faltó añadir: «Profe, el sonido de la libertad no se retrata».
Y al fondo, una amalgama amable de niños y adolescentes envueltos en color, guiados por sus profesores, escuchando la explicación didáctica sobre los instrumentos de una orquesta de los labios de una joven presentadora. Una de las dos canciones que interpretaron fue E Mālama, canto hawaiano que llama a preservar la Tierra
Chavalería de procedencias diversas, de nidos diferentes, de contextos contrapuestos. Primaria y secundaria. Latiendo al unísono en el proyecto ‘Coro de las emociones’, organizado por el Conservatorio de León, coordinado por el CFIE de León y animado por los centro inmersos en el programa de Educación Responsable de la Fundación Botín. Porque solo la música estremece al unísono, y es en la melodía compartida donde se pueden aunar voluntades que puedan impulsar el milagro de la convivencia, mientras las notas de los instrumentos y voces jóvenes acompasadas perfuman el aire de humanidad esperanzadora.
Es la música cómplice la que encierra en la intimidad un auditorio completo y complejo, porque es difícil lograr la sintonía perfecta familias-escuela-alumnado: Más de 250 de seis centros, y diociocho profesores.
Y entre ellos, una profesora de musica que siempre consigue aflorar lo mejor en ellos. Y que se empeñó en sacar adelante el proyecto, además de convencer al joven músico, que me pidió que le custodiara el cajón, mientras comía con sus compañeros en el instituto.
Y delicioso escuchar la canción de Just be happy con la que el coro de las emociones cerró el acto.
Y es que cuando hay empeño y corazón , los proyectos ilusionantes salen adelante. De cajón…


