Manuel Puga y Parga fue el autor de un libro de cocina (a principios del siglo XX), que uno considera la Biblia del tema. Además, también fue alcalde La Coruña, y, aunque de natural conservador, tuvo el reconocimiento de los sindicatos de izquierda por su buen hacer en la huelga general del año 1917. Estaba, el bueno de ‘Picadillo’ (qué así firmaba sus libros y artículos), gordo, muy, muy gordo, aunque lo llevaba divinamente, sin ningún tipo de complejos. Manuel tenía muchos amigos, como no podía ser de otra manera en alguien con la buenomía que gastaba; uno de sus mejores amigos (seguramente el mejor), fue Wenceslao Fernández Flórez, escritor que nos dejó libros tan maravillosos como ‘El bosque animado’ o ‘El malvado Carabel’. Era Wenceslao más de derechas que Franco, y, sobre todo, era delgado, como el eco de un silbido, como una semana a pan y agua. Aun así, Manuel y Wenceslao se querían y se apreciaban, siendo como eran tan distintos.
No es el primer caso que sucede entre juntaletras de postín. En Inglaterra, sucedió lo mismo con Chesterton y Bernard Shaw; la cosa, como con los gallegos, era que uno era grande, gordo y católico convencido y el otro, Shaw, era flaco y de lo que suele considerar de izquierdas, además de un tanto agnóstico. Una anécdota de estos dos: un día se encontraron en un club londinense y habiendo encontrado Chesterton más delgado que de costumbre a Shaw, va y le suelta: «Parece, por lo visto de usted, que en Inglaterra hay una falta irritante de comida». El flaco, lejos de amilanarse, le contestó: «claro, parece que se la ha comido usted toda». Pero, a pesar de todas las diferencias que tenían, tanto físicas como intelectuales, eran grandes amigos, que podían discutir de todo lo divino y lo humano sin perder esa amistad.
¿A qué viene este preámbulo? Pues es bastante sencillo: En España estamos asistiendo a una confrontación, por demás bastante cainita, entre escritores (‘juntaletras’ en nuestro argot), a cuenta de la guerra civil y sus consecuencias. Esto, cree uno, es un camelo, porque al final, creo que se trata de la vieja historia de «quítate tú que me pongo yo», en que los nuevos ‘juntaletras’ buscan un lugar bajo el sol y para eso tienen que echar de sus poltronas a los antiguos. He leído, casi a calzador, una novela de Uclés y una o dos de Pérez Reverte. No voy a calificar a ambos porque no me da la gana, pero diré que ninguno de los dos forma parte de mi Olimpo literario, ni mucho menos. En un país donde casi hay más autores que lectores, es muy difícil separar el grano de la paja y estos dos, por lo leído, son más que nada paja. Usar la guerra civil como argumento para vetar al adversario político me parece, como poco, una chiquillada. Hay mucho dolor, mucho sufrimiento, para vomitar tus filias y tus fobias a estas alturas de la película. Todos los que tengan dos dedos de frente saben, de sobra, lo que ocurrió en España en aquellos años: unos, querían derribar el poder legítimamente constituido y otros mantenerlo a toda costa; no hubo diálogo, no hubo confrontación de ideas, buenas o malas: hubo muerte. Decenas de miles de inocentes, de gente que pasaba por allí, murió sin saber por qué la palmaba. Esa fue nuestra puta guerra, la que retrataron como nadie Chaves Nogales y Rafael Cansinos Assens: uno, teniendo que ir al exilio y el otro viviendo un exilio interior que fue mucho peor.
Todo esto que os cuento lo reflejó como nadie un leonés, Andrés Trapiello, en su libro ‘Las armas y las letras’. Es, para cualquier curioso, indispensable leerlo. Dejando a un lado la deriva política que el autor protagoniza en los últimos años, resulta imprescindible acudir a él para entender cómo y por qué los escritores de aquella maldita época tomaron partido por los «unos o por los otros» y las consecuencias que tuvieron que soportar en lo que les quedó de vida.
Supongo que los que pintáis canas os acordáis de aquella canción que cantaba Pablo Ibáñez y que era el fondo de una serie de televisión ‘Los Botejara’. Una de sus estrofas, la más conocida, decía: «Hubo en España una guerra que, como todas las guerras, la ganase quién ganase, la perdieron los poetas». A lo mejor, toda esta suerte de nostálgicos del terror que nos rodean, deberían escucharla y hacerla caso...
Salud y anarquía.