Once de la mañana de un martes frío de principios de febrero en León. Me tomo mi cortado habitual en una cafetería del centro, mientras observo cómo el algoritmo sigue arrojando sorprendentes conclusiones:una noticia que tardaste en escribir cinco minutos tiene 10 veces más visitas que esa otra a la que le echaste, entre unas cosas y otras que poca gente ve, más de dos días, tiempos imposibles ya cuando todo esto lo podría estar haciendo un adolescente en Tik Tok. O la IA. En fin, que me quedo observando e incluso escuchando, con curiosidad periodística, dos mesas variopintas con variopintos clientes que tengo frente a mí. En una de ellas, un grupo de jovencitas leonesas y estudiantes –no más de 19 años– parece estar liderado por unas alcohólicas en potencia. «¿Tendrán vino aquí?Pero del frizzante, que es el que me gusta». «¿Qué? ¿No te gusta el tinto?», responde otra. Once de la mañana, recuerdo. A su lado, tres subsaharianos de unos 30 años toman café con carpetas llenas de papeles bajo el brazo y actualizan entre ellos los avances conseguidos. Me quedo pensativo. Casi me olvido del gilipollas de turno con mucho tiempo libre que ha publicado el enésimo comentario absurdo en Facebook en el que que nos critica, en esta ocasión, porque dijimos que el Órbigo pasa por Benavides de Órbigo... Oye, que no me parece, por lo que sea, que esos chicos le vayan a quitar el trabajo a las chicas del tinto y el frizzante. Que ellas estarán estudiando algún grado universitario, que ahora mismo les importa bastante poco si están ahí bebiendo vinos, pero que no las veo yo gestionando solicitudes en Cáritas, ni trámites presenciales en la Oficina de Extranjería o telemáticos en el consulado. Tampoco buscando ofertas de empleo en empresas de trabajo temporal. Que igual me equivoco eh, qué voy a saber yo, si solo soy un plumilla que nunca ha tenido que verse forzado a salir de su país. Si no me han amenazado de muerte por acostarme con chicos, si no me han tirado una bomba a dos manzanas de mi casa, si no asesinaron a sangre fría a mi propia madre mientras yo estaba durmiendo. Inmigrantes, refugiados, solicitantes de asilo... Los vemos trabajar, repartiendo por aquel barrio, barriendo en la obra de la calle Ancha, cuidando a tu abuela octogenaria, sirviéndote ese café en el centro... ¿Yno los queremos normalizar?Será que queremos que, por ejemplo, de Colombia solo venga café, pero no colombianos. Esos mejor que se queden allí con el «zurdo» de Petro. Mejor que vengan solo los venezolanos, ¿no Ayuso? Esos sí, claro. Bueno, pero todos igual tampoco, solo los que tienen dinero y aterrizan ya en España con negocios bajo el brazo. Los demás, fuera, fuera. Ay... En situaciones como la actual parece salir a la luz la auténtica cara del PP, la que se tiñó de verde en Villaquilambre cuando llegaron los subsaharianos al chalé de Pozo. La misma. La misma que no tiene vergüenza en dejar a un lado su origen católico, con una Iglesia que ya ha apoyado por activa y por pasiva la regularización de migrantes que plantea el Gobierno.
Un café migrante
05/02/2026
Actualizado a
05/02/2026
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