Cuarenta segundos es, según la OMS, el intervalo temporal entre suicidios. Algo más del tiempo en el que ella me envió un SOS escueto: «Necesito ayuda. Me he intentado suicidar cuatro veces, la última hace una semana y la Seguridad Social no me hace caso». Éramos colegas hasta que se fue a trabajar a Marbella y perdimos cierto contacto, pero la quiero y hubiera puesto el turbo para darle un abrazo e intentar convencerla de que hay una segunda opción, de que siempre la hay. No podía, ella estaba en la otra punta, lanzándome esa frase demoledora. «No me llames, te lo explico en un correo». Seguía. Eran 20 segundos más que se daba, mientras yo manejaba cualquier posibilidad de rescate. «Tengo un trastorno de personalidad y bulimia, pero en Andalucía no hay clínicas para tratarme. Ingreso mañana en una privada que cuesta una pasta. Es la tercera vez que lo hago y después de un mes dicen que no pueden controlarme y me dan el alta». «Descarta soluciones drásticas, que tienes 26 años y una sonrisa preciosa, leches». De repente, silencio entre mensajes. Comienzo a marcar el teléfono de su madre, pero por fin habla «quiero denunciar lo que me están haciendo. Me han dejado sola». Esa fuerza me supo a gloria. Acabábamos de ganar las dos 40 más. A la mañanasiguiente llegó el (espero) último ingreso, el que deja claro que los cimientos del sistema están en el suelo cuando ante esta situación real se queda en apuntar los segundos que pasan, para las estadísticas.
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