Se anuncia que a las once y media han quedado en el Campillo para la revisión de armas. El cartel asegura que tendrán que salir a las doce en pasacalles para la cacería. La jornada se adivina intensa. Hay expectación en el pueblo. Vuelve la cacería del elefante, que nuevamente anda suelto. Se convoca al pueblo de nuevo para que se movilice. La cacería va a empezar. Pero esta no asusta…
La que asusta es la que ha sido convocada por esas hordas que a mandíbula batiente y cobijándose en una bandera que hicieron suya pero es de todos, incitan al odio y la violencia. Y con sus fauces abiertas y desmedidas, rostros desencajados y unidireccionales, increpan a los periodistas que solo pretenden informar de sus desaguisados. Fauces que amenazan con quebrar y desmantelar una convivencia que el tiempo ha tejido suavemente con los mimbres de la buena vecindad y la necesidad mutua.
En Torre Pacheco ha surgido el miedo. La semilla del odio prende pronto, y necesita muy poca mecha el fuego para extenderse cuando las multitudes extremistas sin ojos, se agitan para cazar al elefante extraño que llegó perdido y se encuentra aturdido. No encontró lo que buscaba después de arriesgarlo todo por un sueño, quizá engañado y desgastado por el sol que cuarteó su piel de un modo implacable en aquellos días de travesía, encajado en la inmensidad de un mar enemigo, acaso atrapado en alguno de aquellos cayucos de estómagos rebosantes de tantos que atraviesan y atravesaron lunas negras en el laberinto de un mar como relata Noemí Sabugal en el libro que precisamente lleva ese nombre “Laberinto mar”, donde describe patologías como el llamado pie de patera: “las personas vienen sentadas en la embarcación y al fondo de la misma va quedando agua, gasolina, basura, y las propias personas hacen sus necesidades. Va todo abajo y , claro, si la persona tiene la pierna en el agua y hay alguna herida, esa pierna se suele hinchar bastante.” ¿Quién se expondría a algo así si no tuviera una razón poderosa para dejar su tierra?¿No merece quien así se expone una segunda oportunidad?
Piernas hinchadas, paquidermos en el mar que llegan a encontrarse desolados en la inmensidad del océano, allende las montañas.
Y en un pueblo de montaña de León, en Orzonaga, precisamente hoy se celebra un cacería amable, para proteger al elefantín, motivado por la leyenda que se recoge en unas coplas, que cuentan que “bajaba un guaje corriendo a dar aviso al pueblo que había visto un elefante en la fuente del faedo, con tres metros de trompa”…por eso hoy han quedado a las once y media en el Campillo, para revisar las “armas” de las risas, y luego juegos tradicionales para niños y mayores, música y danzas.
Mientras el elefante, a lo lejos, suspirará aliviado musitando “ojalá el año que viene repitan porque con cacerías así, da gusto”.