Últimamente, la sensación de cabreo es bastante generalizada. No faltan motivos para ello. Personalmente no puedo menos que experimentar un gran cabreo tras comprobar cómo se ha destruido hace muy pocos días en el Bierzo parte importante de su patrimonio industrial con el derribo de las emblemáticas chimeneas de la Central Térmica de Cubillos del Sil. Es negar a las futuras generaciones la posibilidad de tener un recuerdo de una etapa importante de la historia de su pueblo. Es como si alguien hubiera hecho desaparecer la huella de una de las minas de oro más importante del Imperio Romano: Las Médulas. O como si hubieran derribado el ponferradino castillo de los Templarios. Algo semejante a lo ocurrido con la torre Eiffel, construida para la Exposición Universal de 1889, creada con la intención de desmontarla pasado algún tiempo, porque era considerada como un pegote para la ciudad de París. Menos mal que hubo gente sensata que lo impidió. La demolición de las chimeneas nos recuerda a los talibanes cuando decidieron destruir las imponentes imágenes de los Budas de Bamiyán. Que no nos vengan ahora los nuevos talibanes con la disculpa de los gastos para su mantenimiento. Hay cosas más importantes que el dinero.
Entendemos el cabreo por culpa de un gobierno que no gobierna, que está traicionando a España, a costa de venderse a los enemigos de la nación, especialista en la mentira y en el robo. Entendemos también el enfado de muchos españoles, que en su día hizo nacer a Vox ante los complejos de una derecha que no ha sabido defender una serie de valores fundamentales, como es el derecho a la vida, y que ha asumido lo más negativo de la izquierda. Pero no es menor motivo de cabreo el observar ahora la deriva populista que está tomando el partido de Abascal, con su líder a la cabeza, mirando solamente su propio interés, en clave electoralista, tratando de imponerse por encima de todo, como si fuera la fuerza más votada, sin el más mínimo atisbo de humildad y capacidad de diálogo. Alguien ha dicho que espera de él que sea como un nuevo Bukele, que ha acabado con la delincuencia en el Salvador. Lo que faltaba. Hasta el Papa ha tenido que llamarle la atención a Bukele por su violación constante de los más elementales derechos humanos, llevando a muchos inocentes a prisión, de manera que allí nadie se atreve ni a abrir la boca. Es una verdadera dictadura. Por desgracia, las vocaciones de dictadores y autócratas están a la orden del día en todo el mundo. De momento parece difícil evitar el cabreo.